Lo que hay detrás de la decisión del presidente Barack Obama es una lógica de cómo se ve la migración. Cuando se discutió un fenómeno parecido en Europa, se pudieron ver varias tendencias: una es la de mantener el régimen ilegal de los inmigrantes, de tal manera que eso no sea leído como un aparente “efecto llamado” y, por tanto, controlar el flujo de la población.
La segunda tendencia se ve cuando las autoridades que dicen que lo mejor que pueden hacer es legalizar, pero su interés de legalización se mide en términos de lo que aporten a los impuestos del país.
Es decir, el gran debate que se tiene hoy no es quién paga la salud de los inmigrantes, el problema central es quién paga la pensión de los locales. Y los sistemas de pensión locales que hacen brecha dependen de los aportes de hoy. Y una parte importante de la mano de obra es inmigrante.
La lógica de hoy es “cómo sacamos más provecho: manteniéndolos legales o ilegales”. El debate no pasa por el afán de garantizar sus derechos, sino por cómo resulta más rentable.
Los europeos, por ejemplo, quieren mano de obra pero no quieren personas, porque implican salud, seguridad. Lo otro es el papel electoral que juegan, porque hay países donde hablar mal de los inmigrantes da votos, y viceversa
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