“Póngase sereno y apunte bien: va usted a matar a un hombre”, el soldado Mario Terán se sintió entonces abrumado por el peso de la historia, como aire pesado en el rústico cuarto de La Higuera, Bolivia, en el que debía segar la vida del más famoso guerrillero del siglo XX. Como relató décadas después, tuvo que dar primero un paso atrás y cerrar los ojos para disparar la primera ráfaga contra Ernesto “Che” Guevara.
Este cayó al suelo y empezó a derramar sangre. Terán no esperó y lanzó el tiro de gracia. El cadáver quedó con una expresión tranquila y soñadora que mantuvo incluso hasta que los humildes habitantes de Vallegrande lo vieron exhibido en un lavadero de hospital.
Tal vez esa tranquilidad era legítima. El Che sabía que sus ideas iban...