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Mojtaba Jamenei es el favorito para ser jefe supremo de Irán, ¿qué son los ayatolás?

La historia política de Irán, marcada por siglos de tradición religiosa y por la revolución islámica de 1979, explica el enorme poder que hoy concentran los ayatolás y la Guardia Revolucionaria. Tras la muerte del líder supremo Alí Jamenei, la Asamblea de Expertos debate quién heredará el mando de la teocracia iraní.

  • A la izquierda, el primer ayatolá que llegó al poder supremo de Irán en 1979 y estuvo allí hasta 1989, Ruhollah Jomeini, a la derecha Alí Jamenei, su sucesor, quien murió en los bombardeos del 28 de febrero.
    A la izquierda, el primer ayatolá que llegó al poder supremo de Irán en 1979 y estuvo allí hasta 1989, Ruhollah Jomeini, a la derecha Alí Jamenei, su sucesor, quien murió en los bombardeos del 28 de febrero.
Daniel Rivera Marín

Editor General

hace 3 horas
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El imperio persa fue la primera superpotencia de la historia, arrasando con el poder que tuvieron los egipcios y los babilonios —directos antepasados—. Su historia es tan antigua —más o menos empieza como gran nación unos 600 años antes de Cristo—, que es difícil resumir en pocas palabras el “marco teórico” del pensamiento iraní, que hoy es atacado con los bombardeos constantes de Israel y Estados Unidos.

Para entender un poco a Irán, y lo que hoy está en juego en Oriente Medio, debemos responder una primera pregunta: ¿quién o qué es un ayatolá? Quizá, si hiciéramos una comparación, se trataría de una especie de Papa Católico: un vicario de Alá que además ejerce poder político supremo, como el Papa en el Vaticano.

Así las cosas, un ayatolá es un título eclesiástico de alto rango otorgado dentro del clero chiita, una de las ramas principales del Islam —la otra son los sunitas—, que vela por una aplicación vertical del Corán. Durante cientos de años, estos líderes fueron figuras centradas en el estudio de la teología, la filosofía y la jurisprudencia, sirviendo como guías espirituales y consejeros políticos especializados en las enseñanzas de Mahoma, sin embargo nunca ejercieron un dominio político absoluto.

El surgimiento de los ayatolás como actores políticos centrales ocurrió durante el siglo XX en respuesta a la situación política de Irán. En 1925, tras un golpe de estado orquestado por potencias occidentales —hasta ese momento estuvo regido por la dinastía Qajar (1785-1925); fue una monarquía absoluta que enfrentó una fuerte crisis, debilidad centralizada y una creciente influencia extranjera, principalmente británica y rusa—, se instauró la dinastía Pahlavi, liderada por el Sha de Irán. El régimen del Sha se transformó en una dictadura afiliada a los intereses de Occidente, promoviendo una occidentalización cultural que los sectores religiosos conservadores, especialmente los ayatolás, vieron como una afrenta directa al Islam y una pérdida de la autodeterminación nacional.

Ante la corrupción y la represión del régimen monárquico, el Ayatolá Jomeini aprovechó el descontento social para organizar una insurgencia desde el exilio. Sus esfuerzos culminaron en 1979 con el triunfo de la Revolución Iraní, tras la cual el Sha huyó del país y se fundó la República Islámica de Irán.

Quizá uno de los libros que mejor cuenta ese momento en la historia de Irán sea El Sha o la desmesura del poder (Anagrama, 1987), del escritor y periodista polaco Ryszard Kapuscinski. Allí se cuenta como este nuevo Estado se organizó bajo la teoría del wilayat faquí o “gobierno de los juristas”, la cual establece que, ante la ausencia de un mesías, el poder debe recaer en los clérigos más sabios y expertos en las leyes de Dios: los ayatolás.

Con la implementación de esta Constitución, el cargo de Líder Supremo fue creado para ser ocupado exclusivamente por un ayatolá. Esta figura posee una autoridad superior a la del presidente, teniendo la potestad de elegir ministros, supervisar el poder judicial y ejercer un control absoluto sobre las fuerzas armadas y los medios de comunicación.

El primer ayatolá que llegó al poder máximo fue Ruhollah Jomeini. En las primeras páginas de El Sha, Kapuscinski lo presenta a través de una imagen que ve pasar por televisión, desde Qom, una pequeña ciudad, Kapu se refugia en un hotel de Teherán: “Qom es la ciudad del fervor religioso, de la ortodoxia a ultranza, del misticismo y de la fe militante. Y en ese villorio existen quinientas mezquitas y los más grandes seminarios coránicos; aquí es donde discuten los entendidos del Corán y los guardianes de la tradición, y donde se reúnen los ancianos ayatollahs. Desde aquí Jomeini gobierna el país. Nunca abandona Qom, no visita nada ni a nadie. Antes vivía aquí con su mujer y sus cinco hijos, en una casa pequeña metida en una callejuela angosta, polvorienta y sin aire. Por en medio de la calzada sin empedrar pasaba una cloaca (...) Jomeini vive como un asceta, se alimenta de arroz, de yogur y de fruta, metido en una sola habitación Jomeini recibe visitas (incluso las misiones más oficiales del extranjero), sentado sobre una manta extendida en el suelo con la espalda apoyada en la pared”.

Jomeini murió en 1989, después de librar una guerra contra Irak y su pueblo suní; su cargo lo recibió el ayatolá Alí Jamenei, quien había sido su alumno desde 1958. Como ya sabemos, mantuvo el estilo de gobierno teocrático y autoritario.

Aunque los latinoamericanos cuando escuchamos la palabra “revolución” pensamos en una guerra interna donde se trata de derrocar el “imperialismo”, en el caso de Irán la revolución tuvo como fin volver a imponer la teocracia en el país, pues el Sha además de haberse convertido en un hombre inmensamente rico, secularizó a la sociedad, despojándola de la ley del profeta Mahoma, lo que no tenía muy contentos a los clérigos que lo veían todo desde Qom, a 165 kilómetros de Teherán, y que fraguaban una armada para imponerse como ángeles pistoleros de Alá.

El destino de Irán quedó en manos entonces de Alí Jamenei, quien se consolidó como el Líder Supremo, una figura que está por encima del presidente. Desde esta posición de poder absoluto, ejerció un control total sobre las fuerzas armadas y los medios de comunicación, además de poseer la facultad de supervisar el poder judicial y elegir a los ministros del gobierno. Su liderazgo transformó a Irán en una nación dirigida bajo una identidad religiosa fundamentalista, donde las leyes se dictaban desde la interpretación del clero.

En el ámbito internacional, el mandato de Jamenei estuvo marcado por una hostilidad persistente hacia las potencias occidentales y el Estado de Israel. Siguiendo el legado de Jomeini, su administración se enfocó en financiar organizaciones para desestabilizar a sus enemigos y en impulsar un programa nuclear militar que generó constantes tensiones y alertas en la comunidad internacional.

Durante su mandato, Jamenei consolidó el poder de los Guardianes de la Revolución (Pasdarán), una organización militar que depende exclusivamente del Líder Supremo y que es incluso más influyente que el propio ejército regular. Esta fuerza, que cuenta con unos 150,000 miembros, actúa como una policía moral encargada de hacer cumplir estrictamente la ley islámica, teniendo la potestad de encarcelar a quienes la quebrantan. Además, bajo su control operan la Fuerza Al-Quds para operaciones en el exterior y el Basij, una fuerza paramilitar utilizada para reprimir las manifestaciones internas de la población.

Más allá del control militar, el gobierno de Jamenei se apoyó en el inmenso poder económico de los Pasdarán, quienes llegaron a controlar aproximadamente el 50% de la riqueza petrolera y la mitad del PIB de Irán. Esta organización se infiltró en todas las esferas del Estado, con miembros ocupando escaños en el Parlamento y cargos ministeriales, mientras gestionaban sectores estratégicos como las telecomunicaciones y la agroindustria. Asimismo, bajo la dirección directa del Líder Supremo, los Guardianes han sido los encargados de supervisar el programa nuclear iraní, lo que ha llevado a que potencias como Estados Unidos y la Unión Europea los califiquen como una organización terrorista. En estos años se intensificó la guerra entre sunitas y chiitas.

La división entre sunitas y chiitas se originó tras la muerte del profeta Mahoma en el año 632, cuando surgió el desacuerdo sobre quién debía liderar la comunidad musulmana. Un sector sostuvo que el sucesor debía ser elegido por consenso entre los creyentes, lo que dio origen al sunismo; otro grupo defendía que el liderazgo debía quedar en manos de la familia del profeta, apoyando a Alí, su primo y yerno, de donde surge el chiismo. Esa diferencia inicial sobre la sucesión terminó convirtiéndose con el tiempo en una división religiosa, política y social dentro del islam.

En términos demográficos, los sunitas representan la gran mayoría del mundo musulmán, mientras que los chiitas son una minoría concentrada en algunos países clave. Irán es el principal bastión chiita, y también hay importantes comunidades en Irak, Bahréin y Líbano, así como minorías en países como Afganistán, Pakistán o Arabia Saudita. Por su parte, los sunitas predominan en gran parte del mundo islámico, especialmente en países del Golfo y en amplias regiones de Asia y África.

Esta división religiosa también ha influido en varios conflictos políticos y militares en Medio Oriente. En algunos países gobernados por élites sunitas, comunidades chiitas se consideran marginadas o discriminadas, lo que ha generado tensiones internas. Quizá la mayor división moderna entre chiitas y sunitas se debe a que Arabia Saudita ha querido normalizar relaciones con Israel, lo que ha abierto una guerra que Irán ha atizado.

¿Quién será el nuevo ayatolá?

La Asamblea de Expertos de Irán, integrada por 88 clérigos chiitas encargados de elegir al líder supremo, se reunió hace un par de días para deliberar sobre el sucesor de Alí Jamenei. Según funcionarios iraníes citados anónimamente por The New York Times, Mojtaba Jamenei, hijo del líder fallecido, aparece como el principal favorito para ocupar el cargo, aunque algunos clérigos temen que su designación lo convierta en un objetivo directo de Washington o Tel Aviv.

Mojtaba Jamenei, de 56 años, ha sido una figura influyente que ha operado en gran parte desde las sombras del poder de su padre y mantiene estrechos vínculos con la Guardia Revolucionaria. Sus partidarios consideran que tiene experiencia en la coordinación de los aparatos militares y de seguridad, algo clave en el contexto de crisis que atraviesa el país. Sin embargo, analistas advierten que su elección podría reflejar un mayor control de sectores más radicales del régimen.

La posible sucesión también genera divisiones dentro de Irán. Mientras sectores del gobierno la verían como la continuidad del liderazgo del ayatolá fallecido, parte de la población podría reaccionar negativamente, al percibirlo como la perpetuación del mismo régimen. Entre los otros nombres que se mencionan como alternativas están el clérigo Alireza Arafi y Seyed Hassan Khomeini, nieto del fundador de la revolución islámica, ambos considerados figuras más moderadas dentro del sistema político iraní.

No hay que olvidar que diciembre y enero fuero mesesde protestas duras en Irán, la gente, sobre todo las mujeres, se cansó de la represión teocrática. ¿Qué pasará?

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