Contar a las víctimas del Estado Islámico no es una tarea fácil. Sólo en Siria, las acciones del grupo yihadista han cobrado la vida de 4.287 personas -más de la mitad eran civiles- después de dos años de su conformación, según los datos del Observatorio Sirio de Derechos Humanos.
Además, el Estado Islámico también está en Irak, tiene militantes en países africanos como Nigeria -donde son aliados del grupo Boko Haram- y sus células se han regado por todo Europa, donde demostraron que pueden entrar en el momento que quieran y atentar contra la población civil en ciudades tan emblemáticas como París, Bruselas o Estambul.
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Los atentados del Estado Islámico ya han aterrorizado a cuatro de los cinco continentes -solo Oceanía ha estado por fuera de su alcance- y la comunidad internacional tiene la mira puesta sobre el grupo terrorista.
Pero hace apenas tres años, los yihadistas eran un pequeño remanente de Al Qaeda que representaba una amenaza para el régimen de Bashar al Assad en Siria y para Irak; no así para Occidente. Entonces, ¿cómo llegaron a ser hoy la mayor amenaza terrorista del planeta?
En junio de 2014, el Estado Islámico (o Isis) tomó el control de Mosul, la segunda ciudad más importante de Irak, y emprendieron su avance hacia Bagdad, la capital del país petrolero.
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En ese momento ya se habían apoderado de varias ciudades y localidades tanto en Irak como en Siria y su líder, Abu Bakr al-Baghdadi, aprovechó las victorias militares para autoproclamarse califa del Estado Islámico. Eso fue exactamente hace dos años, un 29 de junio.
Pero, ¿qué es un califato y cuál es la pretensión del Estado Islámico?
Los califatos son un sistema de organización político-religiosa que sigue la ley de la sharia, o la Ley de Dios para los musulmanes. Iniciaron en el año 632 con la muerte del profeta Mahoma y desde entonces se expandieron por el mundo durante 13 siglos.
Este tipo de estados llegó a tener tanto éxito que el Imperio Árabe (entre los siglos VII y XV) se convirtió en el más grande de la historia de las civilizaciones. Los califatos de distintas dinastías se dispersaron por tres continentes: el oeste asiático, el norte africano y la Península Ibérica en Europa (España y Portugal).
El último califato fue el del Imperio Otomano, que se ubicó en lo que hoy es Turquía, Irak y Siria. Después de 500 años de poder, el califato otomano fue abolido en 1924 tras un proceso de decadencia que incluyó una derrota en la Primera Guerra Mundial.
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Así, los califatos se creían extintos hasta que el Estado Islámico se autoproclamó como tal, pidió lealtad a todos los musulmanes del mundo y juró reconquistar los territorios que les fueron “arrebatados” a sus ancestros.
Eso quiere decir que el objetivo del grupo terrorista no es solo atemorizar a Occidente, sino conquistar territorios y difundir la sharia, la ley que las facciones más radicales del islam -como los yihadistas- interpretan al pie de la letra.
Es así como en las regiones donde opera el Estado Islámico -según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos ya ocupan un 30 % de ese país- los yihadistas se han dedicado a establecer un “sistema de autosuficiencia alimentaria” y a fortalecer escuelas con enseñanza religiosa y militar, como lo contó el mismo Estado Islámico en un video que publicó este miércoles para celebrar los dos años del califato.
Aunque los bombardeos se han intensificado y los golpes al grupo terrorista dejan cientos de militantes muertos cada semana en Siria e Irak, el Estado Islámico asegura que también tiene militantes en Libia, Nigeria, Egipto, el Yemen, Chechenia, Daguestán, Afganistán, Níger, Filipinas, Somalia, Argelia, Turquía, Arabia Saudí, Bangladesh, Líbano, Túnez y Francia.
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Así, el panorama de la lucha de Occidente contra los yihadistas es cada vez más complicado.
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