El secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd Austin, aprobó un plan de acción para las Fuerzas Armadas del país que busca causar el menor daño posible a civiles en sus operaciones militares.
“La protección de civiles es una prioridad estratégica y un imperativo moral”, con esta tajante frase comenzó Austin su explicación del Plan de Acción de Respuesta y Mitigación del Daño a Civiles (CHMR en su sigla en inglés), publicado inicialmente por el diario The New York Times.
En un informe de 46 páginas repartido en 11 grandes objetivos, se condensa esta normativa interna que pasa por todos los niveles del Departamento de Defensa y de las Fuerzas Armadas estadounidenses, para inculcar la necesidad de tener siempre en cuenta la posible presencia de civiles en cada una de las operaciones que se preparen.
Incluye así recomendaciones en todos los ámbitos, desde el entrenamiento, hasta los ejercicios, la planificación de las operaciones e incluso la elección de los objetivos a los cuales atacar, apostando cuando sea posible por aquellos que no causarían bajas humanas.
El Pentágono deja claro en este escrito que este plan no significa que no se tuvieran antes en cuenta el riesgo de daños a civiles, pero sí insiste en la necesidad de reforzar todas las medidas y precauciones para evitarlos.
También apuesta por mejorar la inteligencia y el reconocimiento de los objetivos para evitar errores que llevan a causar daños civiles.
“Las acciones contenidas en este plan son a un tiempo ambiciosas y necesarias y requerirán liderazgo”, dijo Austin. El plan será vigilado por un comité de supervisión, que incluye la participación de representantes de la sociedad civil.
El Departamento de Defensa y la Casa Blanca han sido criticados por los daños colaterales de los operativos militares en el Medio Oriente, donde los bombardeos ejecutados por drones contra objetivos de grupos terroristas, como Al Qaeda y el Estado Islámico, han matado a civiles inocentes.
Uno de los casos emblemáticos fue el bombardeo en la localidad de Baghuz, en Siria, en marzo de 2019. El blanco era una cuadrilla del Estado Islámico. Las dos bombas, de 220 kilos y 900 kilos, mataron a 73 personas, de las cuales 51 eran supuestos terroristas; el resto, adultos y niños que nada tenían que ver en el conflicto.