La fe es un asunto que escapa a la razón. Los milagros, por lo general, son cosas que van en contra de la lógica. Entre más imposible parece algo, mayor es el impacto que tiene y más grande el fervor que genera en la gente.
Aunque dicen que es individual, la fe también es una cuestión de masas. Las religiones, por profanas que sean, mueven sentimientos en miles y millones de personas. Atlético Nacional es una de ellas.
Sus hinchas, siempre exigentes, lo siguen con una fidelidad religiosa. Bastaba ver el ímpetu con el que, desde el mediodía del lunes, grupos de aficionados llegaban a la Unidad Deportiva Atanasio Girardot para vivir la final de vuelta del Apertura contra Junior.
Todos tenían fe en la remontada. Aunque el cuadro verde perdió 3-0 el duelo de ida en el Romelio Martínez de Barranquilla, el acompañamiento de la hinchada verdolaga fue masivo desde temprano, cuando empezaron a escucharse las vuvuzelas y la pólvora en los alrededores del estadio.
Con el paso de las horas creció la cantidad de gente. Pocas veces hay tantas personas sentadas en los quioscos de afuera de la tribuna occidental que caminar se vuelve difícil. El domingo ocurrió. No importó el calor que se sintió en las primeras horas de la tarde en el occidente de Medellín. Tampoco el caos de las vías de acceso al sector del estadio. Los aficionados llegaron a la cita con puntualidad militar.
Pasión desbordada
Estamos en la canalización de la quebrada La Iguaná. La calle que separa la parte de atrás del Complejo Acuático y el andén junto al afluente de agua está llena de aficionados verdes que llevan banderas en las manos y saltan como locos enajenados mientras gritan que, para salir campeones, los futbolistas debían “poner huevos”, la forma popular de pedir entrega a los jugadores.
Son las tres de la tarde. Un agente de tránsito aparece pitando en una moto. El grupo de hinchas deja de saltar y cantar mirando a la nada y se gira hacia el Obelisco. Ven que viene el bus de Nacional. De inmediato, como si se hubieran coordinado, empiezan a sacar bengalas verdes.
También comienzan a grabar videos con sus celulares, mientras algunos gritan con tanta emoción que se ven lágrimas salir de sus ojos cerrados. Le cantan al bus y, adentro, los jugadores se muestran contentos, como impregnados del ímpetu y de la fe ciega de sus aficionados en que la remontada era posible.
Un partido lleno de emociones
La montaña enorme del oriente de Medellín no se ve. Las nubes bajaron tanto que no solo taparon el sol, sino que le dieron un ambiente lúgubre, de invierno londinense, al Atanasio Girardot.
Son las cinco de la tarde y, aunque hace frío, en las tribunas del escenario antioqueño se siente calor.
Los equipos salen a la cancha. Llueve muy fuerte. Mientras llegan a la mitad del campo y se forman para cantar los himnos, los aficionados empiezan a saltar con tanta fuerza que las graderías tiemblan. Mientras gritan que nunca van a abandonar al equipo del que son hinchas, empiezan a caer trozos de papel periódico sobre la cancha del Atanasio.
Los hinchas, en una labor titánica, picaron seis toneladas de papel para ingresarlo al estadio y ponerlo en todas las sillas como parte del show inicial. También entraron 6.000 rollos de papel como los que entregan con las facturas en la mayoría de supermercados.
Después dejó de verse la cancha. Solo se escuchaba el cántico fuerte de la hinchada en medio de una nube de anilina verde que se formó producto de la “pólvora” que activaron los aficionados de manera simultánea en las tribunas sur, oriental y norte.
El ambiente era inmejorable. Los hinchas no dejaban de ondear las banderas que les entregaban al subir a sus puestos en las tribunas, para que se unieran a la celebración religiosa con la que esperaban que ocurriera el milagro.
Empezó el partido. La gente alentaba como loca. Nacional jugó bien. Hizo buenas cadenas de pases y llegó un par de veces al arco de Junior. En esos momentos los aficionados se paraban de sus sillas y preparaban la garganta para gritar gol.
Lo hicieron cuando iban 30 minutos del primer tiempo. Andrés Román anotó después de una acción enredada en la que terminó pateando desde el suelo. La pelota entró y los aficionados parecían enloquecer. Desconocidos se abrazaron como hermanos de toda la vida.
Sin embargo, después tuvieron que sostenerse con fuerza y gritarse entre ellos para anunciar una mala noticia. “Lo anuló, lo anuló”. El estadio quedó en silencio. El central, después del llamado del VAR, pitó un fuera de lugar. La anotación de Román no valió.
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