Todo estaba planeado para unos días de descanso a la orilla del mar: Cabaña reservada y pagada, carro en óptimas condiciones y buena compañía. Salieron de noche, para ganar un día entero en el destino elegido. Pero los planes cambiaron en cuestión de segundos: un bus chocó contra el vehículo y siguió veloz, como si hubiera golpeado una piedra del camino.
Los viajeros salieron ilesos, por fortuna. Lo de menos fueron las latas del carro, que ahora parecía una escultura casi abstracta. Lo grave fue el resto: sin encendido, sin luces, inamovible en la oscuridad de una vía muy transitada, entre Valdivia y Puerto Valdivia, que ofrecía el riesgo de un accidente mayor. Y entre tanto llovía. A cántaros.
Los trámites con la aseguradora, vía celular, generaron sentimientos contrarios a los que debe generar una compañía que a cambio de dinero garantiza seguridad y tranquilidad a cualquier hora: impotencia, desprotección, abandono y muchas trabas, que hacían imposible una solución.
El primer requisito para que les mandaran una grúa (que llegaría en 12 horas) era un croquis hecho por la policía, pero la respuesta del agente que lograron contactar por teléfono fue cortante: "Por allá no vamos antes del amanecer… Es zona roja".
La aseguradora, por su parte, optó por una frase recurrente: "Trataremos de ayudarle". Error de apreciación. Más que una ayuda, se solicitaba el cumplimiento de los servicios ofrecidos por los que se paga cumplidamente una póliza. ¡No se pedía un favor… Una empresa que ofrece cobertura nacional debe tener aliados y convenios nacionales, con mayor razón en las temporadas de alto flujo vehicular en las carreteras del país.
Por sus propios medios los accidentados salieron de allí mucho antes de las 12 horas ofrecidas por la aseguradora, pero ante una situación que pudo ser muy grave y que es tan cotidiana, quedan preguntas y reflexiones sobre el asfalto:
La respuesta de la policía es inadmisible. Si estaban en zona roja, con mayor razón debieron ayudarles. ¿Y si hubiera heridos? ¿O muertos? ¿Y si en medio de la nada y a oscuras a estos ciudadanos los atacan, los matan por robarles o los secuestran? Su razón de ser es brindarnos protección y seguridad, se supone. Además, considerando que el país entero es zona roja, deberían advertirnos que viajar en horarios no propiamente de oficina es responsabilidad de cada uno. Así no tendrían necesidad de ponerse el uniforme ni de contestar una llamada de emergencia.
¿De qué está hecho un conductor que deja tirados a quienes acaba de chocar, sin importarle en qué estado? ¿Por qué la indolencia de los que a esas horas pasaron por el sitio? Entre tantos carros que iban o venían, solamente uno se detuvo y trató de ayudar. Uno entre miles. ¿Por qué nos cuesta auxiliar a los demás? ¿Tanto miedo nos tenemos los unos a los otros que somos incapaces de acercarnos a darles una mano a quienes están en situaciones adversas?
En un país donde tantas fuerzas actúan indiscriminadamente, bien sea a la luz del día o en la más pavorosa oscuridad, la sensibilidad social no puede darse el lujo de escasear. Por el contrario, necesitamos respuestas distintas a la indiferencia y al egoísmo, para que la vida no sea un viacrucis ni en la vía ni en ninguna parte.
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