Este fin de semana, mientras las estrellas de Hollywood desfilan por la alfombra roja y millones de espectadores de todo el mundo están pendientes de la entrega de los premios Óscar, delegados de los gobiernos de doce países de la cuenca del Pacífico se reúnen en Singapur para negociar en secreto un nuevo tratado de libre comercio que podría arruinar aún más el clima y el medio ambiente, limitar las libertades en internet e impedir el libre acceso a los medicamentos genéricos a millones de personas en los países en desarrollo.
El tratado tiene como objetivo liberalizar las economías de los países de Asia y América que tienen costas en el Océano Pacífico. Aunque en sus comienzos fue suscrito solo por Chile, Nueva Zelanda y Singapur, con la participación de Estados Unidos, Canadá, Japón, México, Perú, Brunéi, Australia, Malasia y Vietnam en las últimas rondas de negociaciones se ha transformado en la negociación comercial más importante del mundo.
El TPP -también llamado Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica- es tan secreto y poco transparente que la sociedad civil, las organizaciones ecologistas y la prensa han sido excluidas por completo de las negociaciones.
"Que los delegados de doce países estén trabajando mano a mano con la industria de los combustibles fósiles en un acuerdo que pone en riesgo nuestro planeta, sin siquiera permitir que la gente exprese sus preocupaciones, no puede ser un buen negocio", dijo la organización 350, un grupo ecologista formado por miles de científicos y ciudadanos que luchan por reducir el calentamiento global.
En sus más de 26 capítulos, el tratado abarca temas que van desde la explotación de petróleo y gas y el comercio de productos derivados de la leche hasta la legislación laboral.
Tal como está concebido, el TPP permite a las empresas de combustibles fósiles adelantar proyectos de explotación y exportación de petróleo y gas sin mayores restricciones ambientales o legales. El tratado incluye cláusulas que facilitan la entrada de las multinacionales a cualquiera de los países miembros mediante acuerdos rápidos y secretos con los gobiernos, obviando los debates públicos y las consultas a la población afectada.
También permite a los gigantes del petróleo y el gas demandar legalmente a los gobiernos por violar alguna cláusula de los contratos e impugnar las regulaciones ambientales de cada país que fijan compensaciones por daños en los ecosistemas o aumentos en la huella de carbono.
Pero estos son solo algunos de los componentes más polémicos del TPP. Otras cláusulas criminalizan el uso de internet, convirtiendo a los proveedores de acceso a la red en los responsables de censurar contenidos en forma unilateral, sin la intervención de organismos gubernamentales, como el poder judicial, que puedan defender los derechos de los consumidores.
Los críticos del TPP advierten que el tratado puede socavar los derechos humanos de los trabajadores, al suplantar las legislaciones laborales de los países miembros por las leyes del mercado.
En cuanto a las leyes que regulan las patentes y el copyright, el tratado permite a las empresas multinacionales imponer sus propias reglas y someter a su arbitrio a las industrias nacionales de alimentos y a los servicios de salud pública de muchos países impidiendo la libre circulación de medicamentos genéricos.
Hay pues demasiadas cosas en juego en las negociaciones del TPP en Singapur. Ojalá las noticias sobre los premios Oscar no capturen toda la atención de los periódicos y los noticieros. Necesitamos saber qué sucedió con este tratado que afecta la vida de millones de personas a lado y lado del Pacífico.
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