"Si me devolvieran a Óscar, lo recibiría con gusto". Estas palabras de Victoria Fisher, la esposa durante 52 años de Óscar Duque Hernández, muerto hace un año, reflejan lo que para ella y su familia significa la ausencia de un padre y esposo ejemplar. Óscar no está en esta dimensión terrena, pero queda el ejemplo de un hombre dedicado a sus dos pasiones: la ciencia y el hogar. Ambas, regidas por una ética firme y una irrenunciable vocación de servicio. Fue un hombre justo y sobrio que equilibró el trabajo y su fundamental misión de esposo y padre. En la medicina fue uno de los pioneros en la rama de la patología y maestro consagrado de varias generaciones. En alumnos e hijos inculcó un profundo respeto por la vida. Amigo del diálogo sereno, aconsejaba a sus discípulos y en especial a sus hijos, en caminatas que los acercara a la naturaleza. Estudioso de muchos temas, despertaba en todos la curiosidad por leer y aprender. Óscar era multifacético: tocaba violín y bandola y estudiaba con su esposa las pequeñas orquídeas. Y tanto en la música como en la belleza de las flores sentía la armonía que acerca a Dios. Murió mientras escribía sobre una pequeña orquídea, la Stelis. Hoy en el Cielo debe celebrar que el padre Ortiz, un jesuita, haya terminado su artículo inconcluso, que será publicado en la revista de la Sociedad de Orquideología. Pero sobre todo celebrará que su esposa y sus hijos sigan su ejemplo y digan que fue un hombre ejemplar.
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