Corría el año de 1991. Los polvorientos campos de béisbol de la zona suroriental de Cartagena, cercados con alambre y trapos, eran el lugar preferido de los niños que, a pie limpio, corrían a jugar con una vieja pelota y un palo de escoba.
Eran pocos, realmente, los espacios que quedaban entre las casitas de madera, lata y pedazos de teja de eternit que conformaban los largos asentamientos de la población marginal de Cartagena en el barrio Olaya Herrera, cerca al estadio Once de Noviembre y a la plaza de toros Cartagena de Indias, donde aún se cuentan las historias de las hazañas de Humberto Bayuelo, Abel Leal, Luis ‘Bartolo’ Gaviria, Tomás Moreno, Pompeyo Llamas, entre otros grandes beisbolistas cartageneros que empezaron a escribir la historia de este deporte a mediados del siglo pasado, narradas con pelos y señales por los más viejos.
Playones que siempre se anegaban. Los pelaos, a duras penas, podían sobresalir y ser tenidos en cuenta por los entrenadores de béisbol que, de vez en cuando, recorrían el sector en procura de encontrar peloteritos en ciernes.
Allí, en algún pedazo de la extensa franja de baja mar anegadizo, al margen de la Ciénaga de La Virgen, donde los moradores llegados en calidad de invasores, poco a poco fueron ampliando el cordón de pobreza hace más de 40 años, nació -el 7 de enero de ese 1991- el primer lanzador colombiano en llegar a una postemporada en el béisbol de las Grandes Ligas: Julio Alberto Teherán Pinto, hijo de Julio y Marlyn.
De ese sector deprimido, donde los niños jugaban pelota descalzos y sin camisa, salió Teherán, quien gracias a los esfuerzos de sus padres pudo estudiar y, a la vez, practicar uno de los dos deportes que solo se conocían en el Olaya Herrera: béisbol y boxeo.
Estudió hasta décimo en la institución educativa Comfenalco, a donde diariamente llegaba solo, cruzando la avenida Pedro de Heredia, principal arteria de la ciudad, pero ahí plantó para dedicarse de lleno a la pelota. Uno de sus tíos, de nombre Miguel, fue quien más influyó para que fuera pelotero. Jugador de varios equipos departamentales, moldeó al chico hasta convertirlo en lanzador de las divisiones menores en Bolívar, empezando por los equipos de Comfenalco.
"Tenía un buen brazo, aunque al principio, como a todo pelao, le gustaba batear", narra su padre. A los 15 años, Teherán ya transitaba las lomitas de los sustos de los denominados templos del béisbol en Cartagena: el José Mono Judas y Club de Leones, previo su paso al estadio Once de Noviembre.
"Sus condiciones son innatas, es un lanzador derecho con una fortísima recta que la ha cultivado desde que ingresó a las ligas menores del béisbol organizado de Estados Unidos", relata Miguel.
Un metro y 89 centímetros que tiene de estatura y los 93 kilos de peso hacen hoy del cartagenero Julio Teherán, un lanzador de postín en quien pocos confiaban para llegar tan temprano a la Gran Carpa, pues tiene 22 años de edad. Ni siquiera su papá: "siempre creí que iba a llegar a ser grandesligas, pero nunca que fuera tan rápido". Y en especial por ser pitcher, la posición quizás más ingrata en un diamante de béisbol.
En ligas menores irrumpió en 2009 con el equipo Rome, filial de los Bravos de Atlanta (14 partidos, 3 ganados y 4 perdidos); en 2010 ganó 9 y perdió 8, campaña que le permitió ir a un Juego de Estrellas de la divisional Triple A.
Debutó en la Gran Carpa en 2011 con poca fortuna, pero su promoción al equipo de mayores fue en este 2013 en calidad de quinto abridor en la rotación. Y no defraudó: 14 victorias en su primera temporada completa en las mayores y su gran contribución a la clasificación a postemporada.
Al menor de los cuatro hermanos de los Teherán Pinto (Yolis -27-, Yusnei -25- y Yuranis -23-), lo destacan los especialistas por su brazo que, incluso ha marcado rectas que van de las 90 a las 95 millas por hora. Pero, además, según Ernesto Armenteros, quien hoy le sigue su carrera profesional, tiene una buena curva y un cambio de velocidad efectivo. De algo le sirvieron las pelotas de trapo que lanzaba en el playón del Olaya Herrera en Cartagena, donde hoy los muchachos cuentan de la hazaña del pelao que algún día pisó los mismos campos de donde surgió de la nada, y hoy es un modelo a seguir.
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