Estación Año nuevo o Happy New Year o Neujahr, que nombres para esta fecha han sido muchos, igual que los sombreros, los brindis, los gritos y las lágrimas, contando además a los que se comen doce uvas o usan ropa interior amarilla o dan la vuelta a la manzana con una maleta vacía. Y en esta fiesta en la que abunda la pólvora, la música y los espectáculos de luces, como en Times Square en New York, a más de los borrachitos, los arrepentidos, los que se les va la lengua en propuestas, los abrazadores, los que repiten beso y demás fauna de los buenos deseos y los proyectos nuevos, abundan los que juran renovarse, los que posan de ser más educados y los que creen que no hicieron nada este año, porque llegan al final de él sin ninguna memoria cierta. Es que el 31 de diciembre, antes y después de la media noche, es una fiesta (en algunos lugares un carnaval) y no hay por qué estar dispuesto a razonar sino a creer en sueños, ganas e imaginarios, y pedir de los que no hay o es raro.
Apenas desde las fiestas de locos en la Edad Media, la gente comenzó a enterarse de que los años se acababan. Y si bien algunos, como los judíos, ya hacían una cuenta exacta de años religiosos y civiles (el primero para iniciar la cosecha y el segundo para comenzar la siembra), la mayoría iba de un año a otro sin percatarse de nada, incluyendo a los islámicos que tuvieron conciencia de la Hégira casi doscientos años después de sucedido el hecho (que el profeta Mahoma huyera de la Meca hacia Medina). Y esto de no pararle bolas (ni siquiera se las pararon al año mil, cuando se acabaría el mundo) se debía a que nadie se deseaba nada ni se hacían promesas de mejorar o iniciar un proyecto. Solo iban a misa los cristianos, los judíos y los moros dormían plácidamente y en América y Asía, como si nada.
Pero con la ciudad industrial y de turismo, los bancos y comercios y un calendario solar más preciso, la gente (especialmente en los Estados Unidos y de allá hasta aquí) comenzó a celebrar la llegada del año en medio de un enorme festejo que le dio trabajo a los músicos, los meseros, los cocineros, los encargados de las plantas telefónicas y los animadores (a más de los proveedores de la fiesta). Y fue una fiesta para alegrarse, llorar, correr, bailar, ponerse gorros de plástico o de cartón, abrazar desconocidos, saltar o no enterarse de nada debido a la borrachera, etc. Una fiesta interesante que dice hasta donde podemos prometer, desear, imaginar y demás verbos que tienen que ver con la esperanza. Con una esperanza que no se renueva porque nunca llega. Y creo que de esto se trata la fiesta, de no cumplir.
Acotación: el calendario cristiano (solar), que es el occidental, se ha ido tomando los índices de gestión en el mundo financiero, comercial e industrial. De aquí su validez, por encima de otros calendarios (el judíos, el islámico, el chino) que son lunares. Y este 2014 debe ser una poderosa locomotora, pues la carga que trae pesa.
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