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Reflexión conservadora post primera vuelta

  • Juan Camilo Restrepo | Juan Camilo Restrepo
    Juan Camilo Restrepo | Juan Camilo Restrepo
07 de junio de 2010
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La crisis del Partido Conservador -reflejada en la bajísima votación que obtuvo su candidata oficial en la primera vuelta- amerita algunas reflexiones.

Creo que Noemí sufrió dos tropiezos, uno atribuible a su propia campaña y otro a razones exógenas.

La atribuible a la campaña misma de Noemí fue su afán, casi angustioso desde el primer día, por aparecer haciendo un uribismo "machacón". Esto no se lo agradeció nadie. Comenzando por el propio presidente Uribe que la desconoció siempre como una aliada confiable, y no ahorró ocasión para que la desairada opinión que tenía de ella trascendiera a la opinión pública.

Si Sanín hubiera mantenido un tono más propio, menos impostado de uribismo, más auténtico, con más énfasis en lo conservador y menos en lo gubernamental, quizás hubiera logrado mantener un perfil más alto. No habría ganado, pero sí habría transmitido un mensaje político con mucha mayor personalidad.

El error consistió en creer que haciendo gala de un "uribismo machacón" iba a obtener votos nuevos. Y no fue así: todas las simpatías uribistas (hasta la del presidente Belisario Betancur, según ha venido a saberse) estaban acaparadas desde un comienzo por Juan Manuel Santos. De cuya campaña no se desplazó un solo sufragio uribista hacia la campaña de la candidata conservadora. Probablemente sucedió lo contrario.

El otro tropiezo se originó en la manera sinuosa como Andrés Felipe Arias -y sus seguidores- manejaron la lógica que debe presidir las consecuencias políticas de la consulta interna que se llevan a cabo dentro de los partidos.

Los resultados de toda consulta son para acatarlos. No para desconocerlos. En esto dieron un ejemplo aleccionador los llamados "Tres Tenores". Como también se había dado un testimonio de coherencia durante la consulta interna del conservatismo que tuvo lugar de 1998. En un primer momento se creyó que así iba a suceder de nuevo en esta ocasión. Inclusive Arias en los días inmediatamente posteriores a la consulta afirmó que cualquiera que fuera el resultado de ésta, así la diferencia fuera de un voto (son sus palabras), respetaría el veredicto. No sucedió así. Él mismo mantuvo una actitud equívoca y dañina por lo tanto. Y gran parte de sus seguidores desfilaron presurosos hacia las toldas santistas.

La consecuencia de todo esto es la profunda crisis que aflora actualmente en el Partido Conservador con los resultados obtenidos. Crisis que no se soluciona con una apresurada adhesión a la candidatura Santos, como ya tuvo lugar, y que deja un sabor agridulce de tropel oportunista.

No. La crisis sólo podrá superarla el conservatismo si se decide a hacer una profunda autocrítica. Con todas las consecuencias que una autocrítica auténtica debe acarrear.

¿Se va a atrever, por fin, el conservatismo a pensar por sí mismo como partido, y a decirle al país en voz alta cuál es su hasta ahora ignota visión sobre los grandes problemas nacionales? ¿O va a seguir al remolque de lo que le ordenen desde la Casa de Nariño como ha sucedido en los últimos ocho años? ¿Se va a conformar a seguir chupando rueda, como socio cada vez más subalterno de las coaliciones gubernamentales, donde él -el conservatismo- se aleja más y más de ser un factor preeminente? ¿O se va a atrever a tener personalidad propia, como corresponde a todo partido que se respete a sí mismo?

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