Una docena de imágenes de María Auxiliadora y 21 pelotones del Ejército vigilan la carretera que de Ciudad Bolívar, en el Suroeste antioqueño, conduce a Quibdó.
Las Marías, algunas adornadas con velas apagadas, otras aporreadas por los aguaceros, sin un toque de pintura fresca y algunas mutiladas, oran en silencio, eso parece, por los camioneros que les pitan al pasar.
Los soldados, héroes anónimos en esta selva, soportan el silencio y la lejanía, y de vez en vez se les ve por la carretera. Sonríen. Luego desaparecen. A lo largo de estos 98 kilómetros, que están divididos entre las Brigadas XV y la Brigada IV del Ejército, su tarea diaria es perseguir al frente 34 de las Farc y no morirse de aburrición.
Y ahora, con las Marías y los soldados en posición de espera, llega la oración de rigor: "¡María Auxiliadora, líbranos de todo mal y peligro!". Es así como muchos conductores creen en su bendición y se encomiendan antes de partir rumbo a Quibdó, en El Siete, en Carmen de Atrato.
Los camioneros aseguran que le perdieron el miedo a la guerrilla, pero hablan sin dar sus nombres, bajan la voz y casi entre susurros cuentan lo que es un secreto a voces: el pago de "vacunas" semestrales, que puede ascender hasta a medio millón de pesos, un "autotoque de queda" de seis de la tarde a seis de la mañana y atracos esporádicos.
Aclaran que aunque la guerrilla pueda pasar meses sin aparecer por la carretera, es como las brujas, que las hay, las hay.
Muchos coinciden en afirmar que aunque "los peores días ya pasaron" y que "esto está más tranquilo que nunca", otros hacen un ademán con la mano en señal que de esos temas, por favor, no se habla por aquí.
Empezamos
Los habitantes de El Siete le perdieron el miedo a hablar, pero recuerdan en voz baja, sin mucha alharaca. Ahí están Mario Ortiz y Rodrigo Barrera, recordando, haciendo un alto en el día a día para volver a decir que "El Siete era zona de terror, vivíamos debajo de las camas, plomo iba y plomo venía. De aquí nos tocó irnos a todos. Cuando volvimos encontramos todo destruido".
Así, entonces, remata, "empezaba la carretera a Quibdó, en un paraje desolado".
Don Rodrigo también recuerda: "Yo perdí tres hermanos en esa guerra. Delante de todo mundo los mataron. Eso fue en el 2002. Esto quedó completamente desolado, no se veía un alma. Ahora hay más tranquilidad, si nos comparamos como vivimos hace diez años, estamos viviendo en el paraíso. Y la carretera está muy buena, el tránsito está normal. De vez en cuando sale la guerrilla, pero llegando a Quibdó".
Mario y Rodrigo, entonces, sentencian que todo tiempo pasado fue peor y luego desaparecen de la escena.
Con toda la historia haciéndole oposición y con la carga social que significa tener de "respaldo" las docenas de muertes y los secuestros que carga esta carretera, el inicio del viaje, sin duda, se hace más hostil.
Todo lo que es lindo resulta feo y todo lo que es tranquilo está cargado de zozobra. Cada metro por recorrer se hace más largo, siempre a la espera de que te atraquen, te quemen el carro, te secuestren o te peguen un tiro.
Nada malo puede pasar, dirían algunos, en una carretera donde todo, aparentemente, está en calma, donde el silencio aturde, donde lo único que se mueve son las hojas de los árboles, los únicos carros que se ven son camiones de carga y los buses de Rápido Ochoa, donde de vez en vez aparece un embera silencioso y donde de vez en vez aparece un grupo de militares preguntando cómo está el camino. Aunque el paisaje es único, la intranquilidad también. Así vamos.
Dos brigadas, una vía
Lo que es claro, eso lo sabría después del viaje, es que desde 2008 no hay secuestros sobre la carretera. Lo que sabría antes, mucho antes, es que a principio de año la guerrilla quemó tres carros y que solo hace una semana mataron un policía en Tutunendo. Te guardas la plata en los zapatos, llamas a avisar que saliste, cuentas que la carretera está mala y comienzas a esperar a que la guerrilla salga de cualquier parte, en cualquier curva, en cualquier pausa.
El coronel Jorge Horacio Romero, comandante de la Brigada XV, y el general Alberto Mejía, comandante de la Brigada IV, están de acuerdo al afirmar que aunque las condiciones de la carretera no son las mejores, el trabajo de sus hombres está milimétricamente calculado para no permitir que la guerrilla se vuelva a apoderar de este eje vial, como se vivió hace diez años.
El general Mejía explica que el tramo de la carretera Medellín-Quibdó que le corresponde a la Brigada IV es hasta el sector El Once y de ahí para allá es jurisdicción de la Brigada XV.
"Es una vía que del lado antioqueño se encuentra sumamente segura. No solamente tenemos las tropas, sino también unos pelotones, denominados Escorpión, que están a lo largo de la vía, lo que nos permitir un mayor control", señala el general Mejía.
El alto oficial reconoce que aunque este año no han tenido ningún contratiempo de consideración, "la carretera Medellín-Quibdó es un terreno tan difícil, tan brutal, que es factible que en algún momento la guerrilla pueda causarle daño a alguna persona, atracarla o aparecer en un lugar totalmente inesperado y quemar un vehículo. No nos ha sucedido debido a la proactividad que mantienen las tropas, pero puede suceder, porque sigue siendo una región difícil, especialmente de la parte chocoana".
El coronel Romero también hace énfasis en las condiciones de la carretera y asegura que la reacción de las tropas es más compleja.
"Los 72 kilómetros que nos corresponden no están pavimentados. Eso genera una percepción de inseguridad por el simple hecho de que los vehículos reducen su velocidad. Además, porque durante muchos años los grupos guerrilleros han estado saliendo sobre la vía para ejercer presión sobre los ciudadanos".
Por eso, añade, "en los últimos años el Ejército se ha venido consolidando en el departamento. Además, hemos efectuado unos acercamientos con las cerca de 15 comunidades indígenas que están sobre el eje vial Quibdó-Medellín. Eso nos ayudará".
Recordó que en esta zona de Chocó, el Ejército Nacional va tras los pasos de alias "Chaverra" y alias "Melkin", del frente 34 de las Farc.
Llegamos
Tras un viaje de seis horas aparece Tutunendo, con décadas de tristezas y soledades que aparecen como un rafagazo para la vista. El abandono es evidente. En la estación de Policía, lista para el ataque, hay dos policías que no sonríen, no hay motivos tal vez.
El párroco Edwin Herrera dice que está de afán y que para "hablar de esos temas nos tenemos que sentar", luego agrega: "la situación aquí es crónica, la presencia de la guerrilla es permanente". No dice más. Nadie dice más.
Ahora aparece Quibdó con todos sus problemas. Como por arte de magia te das cuenta que llegaste sano y salvo, "Gracias María Auxiliadora", y que ahora hay que empezar un nuevo rosario para sobrevivir en el corazón del olvido.
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