Ahora que está en los teatros la película sobre Abraham Lincoln, recordé una anécdota suya que cuenta un biógrafo: cuando trabajaba en su juventud como empleado en una tienda entró una mujer a hacer compras por las que le cobró dos dólares y unas monedas.
Al revisar las cuentas encontró que la liquidación estaba equivocada y había cobrado de más las monedas; aunque era casi de noche cerró el almacén y caminó cinco kilómetros para devolver el excedente, aunque era bien poco: así fue su honradez. Ojalá Lincoln sirva de paradigma de honradez, como lo fue siempre don Germán Saldarriaga, forjador de grandes empresas -Pintuco, entre ellas- quien escribió: "Ser honrado es el mejor negocio del mundo por la sola satisfacción de serlo, por la tranquilidad íntima de uno. La verdad es la consecuencia de la honradez. El que miente está girando en rojo contra su prestigio, y quien dice siempre la verdad está acumulando crédito para sus triunfos futuros".
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