Aunque llovizna no hace frío y la lancha avanza sobre un mar en calma. A unos 400 metros a la izquierda la línea de costa parece seguir la embarcación y en medio de una franja verde difícil de detallar se divisa el tortugario.
No son ni 40 minutos entre El Valle, corregimiento de Bahía Solano y la entrada de Cocalito, un punto que marca el sendero por donde se puede cruzar, en una hora o algo así, hasta la renombrada ensenada. Todo hace parte del parque nacional.
El oleaje es mayor frente al manojo de islotes que el mar arrebató al continente, señal de que el destino se aproxima. A lo lejos se observa un deslizamiento en el acantilado.
Tras cruzar los islotes, se insinúa Playa Blanca (isla obligada para los amantes del pescado frito) que domina la entrada y, a la izquierda, poco a poco asoma la ensenada, piscina marina que frecuentan las ballenas, presidida por punta Diego. Al fondo, a la derecha, las cabañas y oficinas del Parque Nacional Utría.
De él hacen parte cuatro municipios, cuenta Lincoln Moya, funcionario: Nuquí, Bahía Solano, Condoto y Bojayá. Una extensión de 54.300 hectáreas de los 0 a 1.200 metros sobre el nivel del mar. Abarca ecosistemas de selva húmeda tropical, ambientes marinos, manglares y arrecifes coralinos, de los cuales hay tres parches, siendo el único costero del Pacífico colombiano, con cuatro hectáreas de corales.
Tanto en Cocalito, el final del sendero que comienza al otro lado de la lengua de cuatro kilómetros que moldea la piscina, como en Punta Diego se puede practicar el careteo.
Al desembarcar en el centro Jaibaná se recibe una charla y se pagan 13.000 pesos por el ingreso. Allí están las habitaciones y el restaurante Yubarta. El servicio es de la Corporación Mano Cambiada. Lorena Copete Richard, una chocoana , recibe a los turistas con su sonrisa.
Un sendero lleva a las otras cabañas. Y rápido el turista se familiariza con la exuberante diversidad de vida. Coloridas guacamayas en lo alto de los árboles entregan lo mejor de su repertorio.
Utría es naturaleza pura. Mientras el concierto se extiende, Moya describe los senderos para recorrer.
Dejó de llover. Aunque es verano, la lluvia no se olvida jamás de mojar la selva.
El Sol calienta y por la ensenada se desplaza una lancha camino de Cocalito, tras pasar sobre una embarcación hundida en donde se puede caretiar y observar una variedad de peces.
El día termina. Hay que regresar antes de que la tarde devore, con pesar, sus pocas horas. La lancha se mece más. La marea subió y a El Valle hay que ingresar por otro lado. Al volver la cabeza, a lo lejos está Utría, donde naturaleza y espíritu son uno solo.
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