A todos se nos ha muerto alguien. Quizás esta sea una de las pocas experiencias que tarde o temprano cada uno tiene que vivir. A algunos la muerte les muestra su inquebrantable certeza en el cuerpo inerte del padre o de la madre; a otros, más discreta, les muestra apenas el dolor a través de un amigo o de un viejo amor. Hermanos, abuelos, primos, son apenas otras de las tantas posibilidades de la infatigable dama que ronda, como si fuera una ruleta, las ventanas encendidas y apagadas, las voces de los que oran y de los que no para seguir pregonando el inagotable equilibrio de la vida.
Muchos piensan que la muerte más dolorosa es la del hijo; tal vez por eso Piedad Bonnett escribió con sus entrañas "Lo que no tiene nombre". Desgarró cada uno de sus recuerdos, las hipótesis de la muerte de Daniel Segura, el qué "habría" ocurrido si una serie de situaciones no se hubieran presentado, las mil preguntas absurdas sin respuestas. No importa. Como escribió el poeta Rafael Cadenas: "Estamos aquí para decir verdad. Seamos reales. Quiero exactitudes aterradoras".
Dice Juan José Millás que la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas. Cuando murió mi padre yo lo intenté, no pude. Todavía tengo un nudo de palabras en la garganta, en esta mano incapaz; por eso me emocionó encontrar en la Feria del Libro "Te me moriste", del escritor portugués José Luís Peixoto. Cuando escribió este pequeño libro Peixoto era un muchacho de veintiún años que acababa de perder a su padre. Yo tenía veinte cuando perdí al mío.
"Te me moriste" puede ser leído como una carta larga, como un deseo: "Yo quería verte viejo, viejito aquí en nuestro patio, regando los árboles, regando las flores". Pero todo se pierde por más que queramos impedirlo en esta vida y sólo queda un silencio al cual le faltan palabras para describirlo. Queda entonces lo habitado, la dura tarea de retomar el orden, lo que queda con cada ausencia: "Toqué la ropa que vestías, la que nunca más vestirás, la recuerdo en tu pecho de carne, en tus brazos gruesos, en tus piernas blancas flacas que mostrabas en la playa (…) Papá. Aún te busco. Abrí la gaveta llena con los papeles de tus cuentas, llena de lo que viviste y resiste ahora sin vida".
No sé qué muerte duele más. Lo que sí sé es que los muertos siempre se quedan con uno rondando en sutiles pensamientos. ¿Cómo huimos de ti muerte? Apenas, si mucho, podemos creer que te alejas al no evocarte. Pero es absurdo. Siempre regresas impertinente. Tal vez por eso ya no te temo. Sólo te pido que cuando vuelvas, al menos, traigas noticias de mi padre, el pobre, por tu afán, no pudo despedirse y eso, muerte torpe, no se me olvida.
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