No me aguanté las ganas de recordar de nuevo mi encuentro hace 30 años con el Nobel García Márquez.
Lo malo de encontrarse uno con figuras como Gabito es que ellas no se encuentran con uno. Si le preguntan si conoce a este negro diría: "Jamás he visto a semejante lagarto".
En Madrid descubrí que tenía algo en común con el Nobel: el fabulista tenía los ojos en la trastienda, fruto de un prolongado viaje desde México. Yo también los tenía empiyamados después de volar Bogotá-Madrid, en gallinero, arriando first class de Avianca.
Creí que esa coincidencia sería útil para mejorar mis habilidades de "palabrotraficante", como dice un colega. Falso.
Nos "volvimos" a encontrar en Estocolmo. Mientras firmaba autógrafos le tomé fotos con una cámara del paleolítico que después de esa faena se negó a retratar más. Una de las vistas se puede ver en mi blog.
En la gráfica aparece don Gabriel con el maestro Escalona y con dos paisas montaraces: Nacho Martínez, de Santa Rosa de Osos, quien terminó haciendo de intérprete del Nobel y bailando con La Gaba, su esposa, y el coronel ® Nolasco Espinal, de San Pedro, acusado de ser espía de la CIA.
Lo defendí, pues compartimos habitación en el Amaranteen Hotel. Lo único insólito que le vi era que todas las noches dejaba lista su maleta por si estallaba la tercera guerra mundial.
Nobel aparte, lo que más impresionó de la entrega del premio fue la nieve, el metro y unas bailarinas de estriptís del cabaret Le chat noir, tan bellas e inverosímiles que sería inelegante pedirles un beso, o un desdén. Más obsceno habría sido pedirles "aquellito".
Los de Macondo regresamos sin bajar bandera, sexualmente hablando. Las deshinibidas suecas nos ignoraron. No se nos tiraron en plancha. Yo estaba preparado para una violación.
También conocí el frío reencarnado en copitos de algodón. Le dicen nieve. Valió la pena vivir solo por conocerla. "Hola, nieve, fulano de tal, un amigo más", me le presenté, a la usanza antigua.
Cuando conocí el metro me olvidé por completo de García Márquez. Bueno, no del todo porque tenía que justificar los viáticos. Espero que esta columna no la vayan a leer en Estocolmo, porque se enterarían de la tremenda colombianada (avivatada) que hice.
Ayudado por mi traductor y cómplice, tomé en calidad de préstamo un sofisticado equipo de comunicaciones con el que transmití para Radio Súper la ceremonia de entrega del Nobel desde mi habitación. Después lo devolví: "No me sirvió", les hice saber a los vikingos. Quedaron perplejos como un queso pornográfico.
Ni para qué contar que transmití en directo el que presenté como un nuevo cuento de Gabo, dizque escrito para la ocasión ¿¡): "El ahogado más bello del mundo". Brutico que es uno. Mejor, ¿por qué no te callas, Domínguez?.
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