El reloj marca la 1:00 a.m. Solo quedan los sonidos de la noche: el arrullo de la quebrada, el aleteo de un bicho, el crujir de la cama; y como en todos sus insomnios, ella cuenta las tablas del techo: cada travesaño es una oveja. De repente, escucha unos susurros en el jardín. Mira hacia el primer piso desde la ventana: ve a dos hombres agazapados en la oscuridad. Su corazón se desboca. Agarra el teléfono para alertar al personal de seguridad.
En menos de cinco minutos, llega la policía. Balazos. Grandes linternas alumbran aquí y allá; órdenes entrecortadas en los Walkie-talkies.
Los niños duermen en la alcoba contigua. En su mente, la casa es un sitio vacío, despojado de objetos; nada para robar. Solo hay un tesoro: su familia. Nada más importa. Piensa: Y si entran… Si enciendo las luces y los ladrones se asustan… Si están armados… Si se atreven a tocar a mis hijos; o los niños los ven. Si no olvidan esta experiencia; el lienzo de sus recuerdos manchado para siempre...
Torbellinos de adrenalina: es el fin del mundo.
Ignoro cuál es el trasfondo de las profecías de los mayas. El niño que deja caer su bombón por la ventanilla de la buseta escolar, el ahorrador que invierte todo su capital en Interbolsa, la quinceañera viendo en la soledad de un baño teñirse de azul la prueba de embarazo; el veinteañero que irrumpe, armado hasta los dientes, a una escuela primaria… el minero en la gurrera y el estruendo a sus espaldas.
Todos los días es el fin del mundo. Y no es el Armageddon ni la "Melancholia" de Lars Von Trier. Tampoco el Apocalipsis con jinetes galopando entre iracundos cantos celestiales. (Aunque, sin duda, hay hecatombes montadas a caballo).
¡La crisis de los misiles cubanos, el cambio de milenio, una furia nuclear de Irán…… Hace meses me enteré de una peregrina teoría según la cual el fin del mundo profetizado por los mayas es una especie de "Y2K": el colapso del mundo virtual, con la peligrosa invitación de ¡comprar con tarjeta de crédito y a varias cuotas, pues "desapareceremos" de los sistemas bancarios…
¿El inveterado "el mundo se va a acabar" provendrá acaso de una forma externa -el planeta o el mismo cuerpo humano, en su deterioro- o de una elaboración endógena (nuestro universo interior)?
Los ladrones huyen quebrada abajo, con las manos vacías (¡ay de los aguinaldos…) y una docena de policías armados, con chalecos fluorescentes, los persiguen con linternas y Walkie-talkies desapacibles. El fin del mundo.
Entre tanto, la familia se abraza, debajo de una cobija. Todos en la misma cama.
No hay búnker para conjurar tantos apocalipsis. El fin del mundo no es uno solo. Son muchos, terroríficos, cotidianos, sucesivos. Y vienen a parar en lo mismo: el canto de los pájaros anunciando el alba.
¡Feliz navidad….
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