Hace ocho días, como bien lo recordará el lector, hablaba con el padre Nicanor, mi tío, de los aromas de Navidad que se le metían hasta los tuétanos al viejo cura. Y al mencionar la alegría que da sentido a esta época, acabamos refiriéndonos a la exhortación apostólica del papa Francisco sobre la alegría del Evangelio ("Evangelii gaudium ") que todavía está fresca. Íbamos, cura y sobrino dizque a leer el documento al alimón, pero nuestra charla tomó un derrotero distinto aunque no inesperado.
-Un momento, muchacho. No quisiera dejar pasar la ocasión para lanzar una diatriba contra el consumismo de una cultura que ha pervertido los símbolos y valores de la Navidad. No podemos olvidar qué es exactamente lo que sentimos al empezar diciembre.
-Un aroma interior, suele decir usted, tío.
Algo que brota de dentro.
-Como un vuelo, sobrino. Como si de pronto empezara a aletear allá, detrás del corazón, una mariposa sutil, apenas perceptible.
-Ya empezó usted, tío, a meterle también poesía a su digresión. Genio y figura…
-Es que, hijo, no me resigno a que cada año (y con más descaro cada año) la publicidad manipuladora invada terrenos que no le pertenecen, pervirtiendo el sentido de la Navidad con elementos, figuras, colores, símbolos foráneos e importados que nada tienen que ver con nuestra cultura.
-Es cierto, padre. Hemos terminado rindiendo culto a una híbrida manifestación navideña en la que lo nuestro se ha diluido y lo extranjero ha impuesto su ley.
-Qué tristeza que del limpio y sencillo espíritu pesebril de los ancestros se haya pasado a una Navidad recargada de símbolos exportados: árboles navideños (con nieve y todo, así muchos desconozcan la nieve), papás Noel, festones y mil trebejos y embelecos hechos en el exterior o mal imitados aquí y que, como digo, no responden a lo que es auténticamente nuestro.
-Ya, ya, padre Nicanor. Usted salta con una facilidad asombrosa de la poesía y la alta teología a la empalagosa cantaleta paisa.
-Y al alcalde quién lo ronda. Pero hasta razón tendrás, sobrino impertinente, en cuanto a que los años me han vuelto cantaletoso. Te pido excusas. Mi idea no es entronizar nostalgias con olor a musgo y a pólvora (peor que peor) o proclamar endebles y falsas inocencias perdidas, sino advertir que la Navidad es un tiempo propicio para vivir la tonificante y al mismo tiempo desasosegante experiencia de ser hombre frente a un Dios que, precisamente, en Navidad se hizo hombre en un pesebre. Ternura y humildad. Pesebre de la condición humana donde uno nace al misterio y el misterio nace en uno, hecho pesebre también.
-Bueno, tío, al menos dejamos la cantaleta y la poesía y caímos en el sermón. Que es lo suyo.
-Tampoco me gusta el tonito en que me lo dices. Pero qué se va a hacer. A quien Dios no le da hijos, san Pedro le da sobrinos. Que desde ya tengas una feliz Navidad.
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