En tiempos de elecciones todos los colombianos presumimos de politólogos y tratamos de explicar los resultados de las encuestas y, sobre todo, predecir los de las próximas elecciones.
A pesar de recordar un chiste que circulaba en los ambientes médicos hace algún tiempo, he decidido navegar yo también en las procelosas aguas de la politología. El chiste decía que los médicos internistas, saben todo y no hacen nada; que los cirujanos no saben nada y hacen todo; y que los patólogos (y, digo yo ahora, los politólogos) hacen todo y lo saben todo; pero demasiado tarde, en la autopsia.
El politólogo Perogrullo observó que en Colombia sólo existe un débil remedo de partidos políticos y que las diferencias ideológicas entre los partidos tradicionales, conservador y liberal, desaparecieron. Así, por ejemplo, el liberal nos dio el Estatuto de Seguridad en tiempos de Turbay, y en cambio, el conservador nos dio los diálogos y pactos con la guerrilla en tiempos de Belisario y Pastrana. El Polo Democrático Alternativo, que apareció como una saludable y necesaria posición de centro-izquierda, atraviesa por una crisis de identidad que amenaza su supervivencia.
En las democracias consolidadas, las negociaciones se hacen entre partidos nunca entre personas. Los conservadores y liberales ingleses acaban de hacer un acuerdo programático, entre partidos, para gobernar sin los laboristas que estaban en el poder.
Flaco servicio le hizo a la endeble democracia colombiana la publicitada adhesión de algunos eximios dirigentes conservadores a un candidato diferente al del partido. Igual que el triste servicio prestado por un senador promoviendo adhesiones personales a un candidato diferente al del otrora glorioso partido liberal. Esos actos de oportunismo personalista, comparables a los de los esquiroles rompe-huelgas, podrán tener beneficios a corto plazo pero atentan contra la estabilidad institucional democrática de la Nación y se vuelven contra sus autores.
Por la ausencia o debilidad de partidos que encaucen las ambiciones personales, apareció Álvaro Uribe que, siendo militante liberal, prefirió crear el partido de la "U", partido sin principios doctrinales claros y sólo aglutinado por su extraordinario carisma.
Vargas Lleras, "hijo y nieto de Camborios", tampoco cupo en el de sus mayores y creó Cambio Radical, que habría podido llamarlo partido de la "Ll". Fajardo, que iba en camino de crear el partido de la "F", afortunadamente se unió a los Tres Tenores, en el cascarón de un partido existente, el Verde.
El gran reto para el partido Verde será definir sus principios, que además de honestidad, tolerancia y capacidad administrativa comprobada, de las cuales dan fe sus directores Mockus, Peñaloza, Garzón y Fajardo, debe incorporar de manera explícita el tema de la protección al ambiente, como lo sugiere su nombre. El peligro que han de sortear los Verdes, es escoger de entre la avalancha de oportunistas, a aquellos que crean y practiquen los principios adoptados. Álvaro Uribe no pudo hacerlo en su partido de la U y acabó en una mezcolanza ideológica aglutinada por el pegante poderoso de la burocracia, en algunos casos ayudada por un efecto detergente, blanqueador de oscuros pasados.
El desafío de Santos, que trató sin éxito crear el partido de la "S" y tuvo que volver al de la "U", es responder al anhelo general de honestidad y de rechazo a la corrupción y la inmoralidad que han manchado al Gobierno que termina, y al tiempo poner énfasis en lo social, sin lo cual no puede haber ni democracia ni seguridad. Y de paso, protegerse de esa horda del partido de la "L", de los lagartos, que se está rodando a su partido.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8