"Las traiciones de gran envergadura no pueden florecer si no arrastran consigo a un ejército importante de traidores relativos ". De "Elogio de la traición: sobre el arte de gobernar por medio de la negación" de Denis Jeambar e Yves Rocaute.
De ser timado nadie está exento, pues los tramposos tendrán siempre la posibilidad de no extinguirse, ya que, afortunadamente, a pesar de siglos de malas jugadas, la humanidad no ha podido sofocar a la ilusión y a la esperanza de su corazón. Pero si ser embaucado tiene perdón, ser cómplice, ya sea por temor o indiferencia, de quien engaña, no lo tiene.
La traición puede ser una herramienta normal entre algunos que se hacen llamar políticos, pero aceptarla como mecanismo permanente de los gobernantes es reconocer que la sociedad que los elige como sus representantes no es distinta a ellos, y por el contrario, está bien representada.
En Macbeth de Shakespeare, la traición, la ambición y la culpa son los ejes por los que discurre esta tragedia. Lady Macduff es consultada por su hijo cuando le pregunta: ¿Y qué es ser traidor? Y sin dudarlo su madre responde: "faltar a la palabra y al juramento".
Que nueve millones de colombianos, esperanzados pero ilusos, hayamos sido timados por quien dijo que se comprometía a continuar con unas ideas y acciones que habían iniciado, no terminado, la transformación de un país que estaba ad portas de convertirse de un estado fallido, a una alternativa prometedora, aunque con enormes problemas por resolver, es lastimosamente entendible. Pero permitir que se salga con la suya quien luego de terminar su discurso de posesión, y tal vez antes, activó una agenda oculta y contraria a los deseos y aspiraciones de sus votantes y se ha vuelto en el principal aliado y rehén de los peores enemigos de Colombia, no creo que sea una opción aceptable.
¿Por qué tenemos que soportar que por una ambición personal de búsqueda de protagonismo histórico, disfrazada de aspiración nacional, Colombia tenga que ser cómplice de la dictadura venezolana, que sigue los designios de los carceleros de la isla prisión más grande del mundo, culpables del caos y el derramamiento de sangre que ha sufrido y sufre este país desde hace décadas?
¿Por qué los colombianos de bien tienen que aceptar que el gobierno no tenga la entereza de aceptar su fracaso, anunciado, en las humillantes conversaciones de paz con el cártel de narcotraficantes disfrazados de rebeldes por la academia mamerta? ¿Qué dignidad les cabe a los ciudadanos cuando aceptan que su gobierno no cumpla ni las mentiras y ahora va a permitir que esas ignominiosas conversaciones tengan un plazo al parecer indefinido? ¿Dónde está el valor de la palabra?
La complicidad también es delito, y por eso permitirle a un egoísta con pretensiones de ser alguien importante, que prosiga sin vergüenza hundiendo al país y comprometiendo el futuro de quienes nos van a reemplazar, nos iguala a los delincuentes que se han enriquecido a costa del trabajo de los colombianos que madrugan, estudian y se sacrifican por hacer de sus familias y de su país, así sea el del futuro, uno mejor que el que recibieron.
La paz sin dignidad, es la tranquilidad del esclavo sumiso.
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