Noel es un pescador acompasado con el mar. Le sobran la paciencia y la humildad de un oficio donde el pez marca el ritmo y determina el éxito de la jornada.
Este cincuentón maltés, despelucado y de pocas canas, pasea por sus dominios con una camiseta sin mangas, su piel tostada por el sol. Hace doce años, al lado de su esposa Sandra y sus hijos, Zoel y Adin, decidió transformar su universo: el mar Mediterráneo. Abrió un quiosco en la bahía de Mgarr Ix-Xini, en un acantilado de la isla de Gozo (archipiélago de Malta).
Sobre el medio día, Sandra escribe en un tablero el menú con una tiza: la pesca del día y su preparación. Cuando el sol arde y los perros se lanzan al agua a chapucear con los bañistas, se llenan las mesas de Noel.
Antes de ir a la cocina, el pescador muestra orgulloso sus presas y narra su faena. Zoel quita las espinas. La madre sirve el agua y el vino.
Hace ya algún tiempo, un turista francés llegó al quiosco. Sandra, con su sonrisa preciosa, se disculpó: “Lo siento, no hay mesas”. El viajero le dio las gracias y, sin demostrar disgusto ni reclamos, abandonó el lugar. Al voltearse, todos los comensales la miraban fijamente. “¡No hay mesas!”, reiteró, levantando los hombros.
“¿Se da cuenta de que le acaba de negar un puesto a Nicolás Sarkozy?”, le susurró uno de los clientes. La mujer del pescador desestimó la revelación: “¡No-hay-me-sas!”, dijo pausadamente.
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Hubo una época en la cual el gran valor de viajar residía en la búsqueda del sabor original: llegar hasta un lugar apartado, donde es posible sentirse lejos de casa, y lograr ese momento de comunión perfecto, el asombro del descubrimiento. Los turistas, al encarnar la palabra tour (del latín tornus: girar), son herederos de los nómadas -que no retornan pero siempre buscan- y de los peregrinos, quienes aspiran a nuevos aires o, acaso, adivinar alguna verdad detrás de lo sagrado… y de lo mundano.
Por desgracia, la globalización o, tal vez, el miedo a lo desconocido, han convertido al turismo en la industria de la seriación. Los caminantes temen alejarse del lugar cómodo, paradójicamente nada parecido al hogar, que reproduce lo familiar: Hilton, Coca-cola y Wi-Fi.
Ya es exótico el viajero que traza mapas, deshace caminos, y duda de las guías de bolsillo y expertos de a pie. El que navega sin brújula ni GPS porque siente un secreto placer al saberse perdido en tierra ajena: estoy conociendo; todo esto es parte del paseo.
La maldición del turista es caer en la trampa de creer que todos los caminos conducen a Roma.
Cuentan los lugareños de Mgarr Ix-Xini que el entonces presidente de Francia hubo de conformarse con aquello de “liberté, égalité, fraternité” y resignarse a ser un “maldito” turista que regresa al “refugio seguro” de la cotidianidad del menú familiar, repetitivo, que no deja de saciar a la humanidad.
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