El zar de las esmeraldas, Víctor Carranza, demostró que algunos malos sí mueren de causas naturales. A los 77 años, un cáncer de próstata logró lo que las bombas, el veneno, las balas, ni los rockets en su contra, habían conseguido. Acabar con la vida de una de las personas que ejemplifica la impunidad en el país.
Carranza nunca fue condenado.
Pese a que más de diez grandes jefes paramilitares aseguraron en versiones libres de Justicia y Paz que el esmeraldero era uno de los principales autores y patrocinadores del paramilitarismo en los Llanos, la justicia no avanzó en su contra de manera real.
Según denuncias de personas cercanas a estos procesos, Carranza y su gente nombraban y controlaban a los jueces que tenían en sus despachos los procesos que lo implicaban, y posteriormente los testigos que ofrecían declaraciones inculpándolo eran desaparecidos o intempestivamente cambiaban de opinión.
Carranza desarrolló una importante y costosa infraestructura de poder para evitar que la justicia lo persiguiera y de eso es cómplice la Fiscalía, el sistema judicial, los políticos que lo protegieron e incluso los entes de control.
Según lo han reportado algunos medios, uno de los abogados que lo representó en uno de los procesos, es, en la actualidad, magistrado de la sala penal de la Corte Suprema de Justicia.
Fernando Castro diseñó la estrategia jurídica para demandar a la nación por haber mantenido preso a Carranza mientras se realizaba una investigación por sus vínculos con grupos paramilitares en el Cesar y el Meta.
Castro no sólo logró que indemnizaran al millonario esmeraldero, sino también ponerlo como víctima, limpiarle parcialmente el nombre y hacer dudar a los investigadores y jueces antes de dictar medida de aseguramiento contra este precursor del paramilitarismo.
Conocido por haber acabado con la llamada "guerra de las esmeraldas" que vivió Boyacá entre los años sesenta y ochenta, su nombre ha sido relacionado, de manera errada, a un legado de paz que algunos han querido pintar desde su muerte.
Falso.
La paz no se puede confundir con la convivencia obligada y el obedecimiento al control del más fuerte, menos cuando esta es conseguida por la imposición de la fuerza ilegal y la violencia. Falta ver cuáles son las consecuencias de su muerte en el nuevo mapa de poder de Boyacá, Cesar y Meta.
Lo que es claro es que Carranza se llevó a la tumba la verdad sobre sus delitos y la cantidad de muertes que se relacionan a su nombre. Sus víctimas nunca tendrán justicia, reparación ni la tranquilidad de saber que su victimario pagó sus penas.
Es por eso que Carranza encarna lo que es ser poderoso en Colombia. Por un lado generar miedo por sobrevivir a las guerras sangrientas entre bandos y a enemigos tan peligrosos como los narcotraficantes, y por el otro, controlar la relación simbiótica que existe entre algunos delincuentes con poderosos políticos y representantes del sistema judicial.
Perverso y peligroso. Lo que queda con su muerte, sobre todo, es la alerta roja de la incapacidad del Estado para enfrentar todos estos problemas. Un tema que se debe solucionar con los próximos líderes como Carranza, que seguro aparecerán en el país.
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