La Constituyente Liberal se reunió para elegir una nueva dirección, sopesar cuáles son las corrientes que aún tienen cabida allí, y al final, para reiterar solemnemente la fe que ahora los ilumina: la adhesión total y sin sombras a Juan Manuel Santos, a quien consideran su representante en la Presidencia.
Éste hizo bien en no acudir a la cita de su antiguo partido. Cuidó las formas -"Soy el presidente de todos los colombianos"- sin herir las susceptibilidades del partido rojo, con el que ha mantenido relaciones más que buenas en su mandato. Les dijo, a través del Ministro del Interior, que aunque "no está ahora en el partido, nunca renuncia al ideario liberal".
Santos, como se sabe, igual declara ser el fundador y primer militante de La U, como ser liberal. Ideológicamente no le representa mayor dilema, pues ni el uno ni el otro se caracterizan, hoy día, por una definida tendencia. El pragmatismo manda, y más si se cuña con poder burocrático. También en el caso del Liberalismo, se toleran internamente corrientes que en un partido contemporáneo no podrían tener cabida bajo un mismo techo: allí se juntan desde el radicalismo izquierdista y "antisistema" de Piedad Córdoba, el populismo oportunista de Ernesto Samper, hasta la socialdemocracia fluctuante de Rafael Pardo.
En todo caso, el debilitamiento de ese partido histórico, o su desaparición, no convendría a nadie. El estado de postración moral luego del proceso 8.000 y la posterior desbandada generalizada ante la potencia del uribismo -incluyendo al caudillista Cambio Radical- lo dejaron al borde de "el último que salga, que apague la luz". Los liderazgos que vinieron luego no fueron lo suficientemente fuertes, y la desconexión con el país real fue evidente. Se echaba -se echa- de menos, un liberalismo vigoroso.
La línea gavirista parece, entonces, consolidarse. No se vio mucha simpatía, y menos compromiso, con las líneas comandadas por el expresidente Ernesto Samper, cuyo lastre, una vez más, se lleva por delante al hoy gobernador Horacio Serpa.
Podría decirse, acudiendo a ironías algo fáciles, pero no falsas, que Simón Gaviria tiene todos los puntos a favor para hacer una gran carrera política: sabe cambiar de camiseta cuando toca -pasó del peñalosismo al uribismo más creyente, para retornar al liberalismo de su papá, y hoy declararse el más santista de todos-, no le hace ascos a la clase política tradicional y, sobre todo, en un país formalmente democrático de dinastías perpetuas, es hijo de un expresidente de la República.
No obstante, en su fulgurante ascenso, su juvenil carrera no se ha visto empañada por metidas de pata ni por indelicadezas. Eso se le abona, al igual que se le reconoce su dedicación al trabajo parlamentario. La tradición histórica de Colombia indica que será candidato presidencial y, posiblemente, presidente.
Allí se topará con otros delfines que ya hay en fila, más los que llegarán. Pero con paciencia, a todos les tocará su turno.
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