Por gracia de Dios me tienen como peregrino en Jerusalén siguiendo y venerando los lugares en donde Cristo nació y murió, en donde predicó y curó, en donde oró y resucitó. Jerusalén se conserva juvenil con sus dos mil años de historia cristiana, no cambia. La presencia activa de los judíos y los musulmanes nos trasladan a aquella noche santa en Belén o la dramática del viernes de Calvario. Observando sus costumbres he quedado admirado del lugar que ocupa Dios en la vida de los judíos y los musulmanes. Ellos observan con fidelidad el día consagrado a Dios, los musulmanes descansan el viernes y el sábado los judíos. La diferencia está en que el día de descanso es esencialmente para Dios, no para otras actividades personales. Las mujeres preparan la comida un día antes porque el día santo no les está permitido trabajar. Van de prisa al templo y se retiran lentos, apesadumbrados. Asisten todos a los oficios, ya sean niños como ancianos. De inmediato mi mente se traslada a nuestra realidad y me encuentro que para muchos cristianos el ir a misa los domingos es ya algo súper meritorio, porque el resto del tiempo lo dedicamos a disfrutar el asueto. Qué paradójico que los que tenemos a Dios más cerca, en la Eucaristía, somos los que menos le damos.
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