Pacheco tuvo una frustración. Ser pianista. Después una esperanza: que en la otra vida, si hay piano, uno le toque a él. Ahora que se fue a la otra vida, quizá esté haciendo fila para un piano. En esta, no obstante, Pacheco es el señor de la televisión colombiana.
Tampoco iba a ser para la pantalla, que cuando él estaba joven, era todavía en blanco y negro. No lo iba a ser, porque no se imaginaba, siquiera, que tuviera eso de la televisión como un talento innato. Además no era bonito, si bien en esa época, lo de bonito era lo de menos.
Fue marinero, cuatro años. También boxeador. Fue campeón local de peso mosca y salió de Colombia, a competir. Le intentó al paracaidismo, pero se dañó la rodilla. Quiso ser médico de la Javeriana, pero no pasó del segundo año. Intentó con la economía en Los Andes, pero no llegó ni al tercer mes del primer semestre. Pensó en ser abogado de la Nacional y se quedó en el primer día.
Lo suyo, sin duda, era la televisión, pese a que la primera vez que le preguntaron dijo no, casi rotundo. Un no que le duró una semana: Alberto Peñaranda, el entonces dueño de Punch Limitada, lo vio rasgar la guitarra, tocar los tres tonos que sabía y divertir a la gente. Don Alberto lo que vio fue sentido del humor, carisma, y le pareció perfecto. No vio la cara.
Pacheco, sin embargo, dijo no, porque él era camarero del buque de la Flota Mercante Grancolombia e irse para Bogotá unos días y volver, era arriesgar el buque.
Ocho días le dieron, contados, y fueron suficientes para enamorarse, para que el buque se fuera sin el camarero y dejara, en cambio, un hombre de la televisión, que pasaría, de los 81 años que tenía este martes, cuando se fue el feo más querido de la pantalla chica, con más de 50 frente a esa pantalla rectangular.
Toda una vida
Fernando González Pacheco, que dejó de ser Fernando y González desde entonces, no soló cayó rendido de amor. Fue en doble vía: el público se enamoró de ese señor pecoso, que siempre que le daba por cantar en un programa, cantaba "yo tengo ya la casita que tanto te prometí, y llena de margaritas para ti, para mí".
Versátil. Hizo de presentador, de entrevistador, de payaso, de actor, de cantante. Era vanidoso, inquieto, aventurero, auténtico, natural. Sabía tratar al otro y, además, muy importante para él, era hincha del Santa Fe.
Pacheco, de todas maneras, era un hombre solitario y rutinario. Lo conocían muchos y conocía a muchos, pero él prefería su casa o, en un tiempo cuando trabajaba, la Taberna San Diego, donde jugaba generala con un par de amigos.
Era el papá de la televisión colombiana, y aunque nació en Valencia, España, y nunca negó su cariño por su país de origen, se sentía colombiano. Pocos no recuerdan esa voz que daba la "a" a los concursantes o decía en una publicidad de lotería, "por los mismos 300 pesitos".
Los últimos diez años fueron difíciles. Una enfermedad y una depresión. La tristeza casi se lo lleva antes, pero el corazón le falló en la noche, cuando todavía no se había acabado el martes.
Difíciles también, por el contraste. Los colombianos lo recuerdan y lo quieren. Muchos, de distintas generaciones, vieron Animalandia, gritaron desde las camas con la lora de Quiere cacao y escucharon juiciosos las Charlas con Pacheco. Muchos vivieron su niñez con ese señor carismático y feo.
No obstante, él, que quería tanto a su público, que quería tanto a sus amigos, estuvo solo, al final. No le gustaban las visitas. Hablaba poco por teléfono. En su casa estaba él, su colección de premios, la enfermera y su casa. Se fue quedando solo. Era la tristeza, quizá. Eran los recuerdos, de pronto. Era que le quedaba difícil hablar, por el oxígeno. Era que la televisión ya no estaba, tal vez.
El señor Pacheco de la televisión dijo una vez que su mayor triunfo fue haberse mantenido vigente. Su mayor triunfo es, mantenerse vigente. Está en la memoria de todos los que vieron sus bigotes y su gran nariz, en la caja aquella.
Lo del piano, lo intentó, "pero ya era tarde -escribió en un obituario para la Revista Soho, en 2006-. Hubiera cambiado muchas cosas de mi vida por tocar el piano". Ahora que se fue, quizá esté haciendo fila por ese piano.
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