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En las calles de El Hueco el camello no tiene descanso

08 de enero de 2010
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Dicen que al que madruga Dios le ayuda, pues eso es lo que hacen los venteros ambulantes que trabajan en los módulos callejeros del sector El Hueco, en Medellín, para iniciar una extenuante jornada laboral de 12 horas en la que esperan conseguir el sustento diario de sus familias.

Luis Ángel Gómez López, un hombre de 48 años de edad, de los cuales 18 los ha guerreado en las calles, se levanta todos los días a las 5:00 de la mañana para desplazarse desde el barrio Moravia, en donde arrienda una humilde casa que comparte con su familia, hacia su puesto de trabajo en la calle 46, Maturín, para ver qué le depara el día.

"Yo estoy terminando el bachillerato, mi nieto me ayuda con las ventas. Diciembre fue un mes muy bueno, ahora la cosa se pone difícil", indicó Gómez.

En ese mes de diciembre, Luis vendió juguetería, y ya en enero les apuesta a los útiles escolares.

"Lo que no se vendió en diciembre se guarda y se vuelve a sacar el año entrante", explicó.

Como él, Héctor James Ramírez posee otro módulo y también lleva un largo tiempo en el comercio informal, 17 años.

"A mí la calle me ha dado y me ha quitado", afirma Ramírez, que tiene bajo su responsabilidad a un grupo familiar compuesto por cuatro personas.

Según este ventero, "acá todos nos conocemos, somos como una familia, nos cuidamos los unos a los otros".

Esta tenacidad también la comparte María Gloria Rojas, una amable mujer de 68 años de edad, quien desde hace 30 años responde por la crianza de su hija y también sostiene a un hermano, asegura que en su módulo "todavía hay mostrario de diciembre".

Para ella, no hay meses mejores o peores.

"A veces, en uno nos va bien y en otros no", recalca.

Sobre lo más difícil de este oficio, María Gloria expresa que es lidiar con la gente, "hay que tener mucha paciencia con las personas".

En cambio, para Blanca Luz Molina y su esposo Héctor Giraldo, lo más complicado es la inclemencia del clima. "Haga sol o lluvia, aquí tenemos que estar todo el día".

Pero lo que más llama la atención de esta pareja, que recién cumplió 40 años de casada, es que no sólo responden por sus hijos y nietos, sino que con lo poco que ganan ayudan a una familia de desplazados de Ituango.

José Noé Santa Ramírez, otro informal, insiste en que él no cambia su inventario, porque una vez lo hizo y no le resultó, por lo que todo el año vende utensilios de aluminio y ni siquiera los cambia en diciembre.

Por ahora, terminó diciembre, el mes más esperado por los venteros ambulantes. Sin embargo, sus responsabilidades continúan y todos los días de este año ocuparan su módulo por 12 horas, esperando poder reunir aunque sea el pasaje de regreso a sus casas.

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