No uno ni dos ni tres, sino 615 pesebres de todas las formas, colores y tamaños contempla cada noche Lina María Escobar, una mujer que desde hace 14 años le entregó su vida al arte, tras una dificultad económica, que la movió a vivir dentro de un cuento cada Navidad.
Este cuento empezó en diciembre, cuando Lina, embarazada, decidió elaborar nacimientos dentro de velones como alternativa para salir adelante con su familia.
"Le pedí a Mariana que no naciera el 24 de diciembre porque tenía muchos pesebres por hacer y vender. Pero no me hizo caso y a las ocho de la mañana conocí al ángel más hermoso que haya visto. Desde ese entonces, mi adoración por estas piezas ha sido inimaginable".
A partir de ese momento, Lina creó, diagonal al Teatro del Águila Descalza, el taller de arte Mariana, en honor a su hija, en el que se realizan todo tipo de artesanías y manualidades y parte de su colección de nacimientos. Envía algunas de sus creaciones a un local que tiene en el aeropuerto en Apartadó.
"¿Ustedes no saben que todo esto empezó por mí? ¿O cómo se llama el taller?", dice muy orgullosa Mariana, que creció en este mundo artesanal y que no solo acompaña y apoya a Lina en decisiones de decoración, sino que quiere seguirle los pasos.
Desde la tercera semana de noviembre, los trae desde su taller, en 40 cajas cuidadosamente empacadas y marcadas, para reemplazar las vírgenes que el resto del año adornan su hogar.
"Son los chécheres que a todos les estorban pero que a todos les gustan. Dicen que soy compradora compulsiva pero no ven la hora de que sea la novena", cuenta Lina entre risas.
En una casa de dos pisos, cerca del Velódromo, vive con su esposo y sus tres hijos esta devota que desde hace años dejó de comprar zapatos y accesorios, para invertir ese dinero en pesebres, que tiene en cada rincón.
Aunque tiene muestras en materiales diversos, los que más le gustan son los exclusivos y artesanales que van desde el que está hecho en chatarra, en semillas de girasol, coco, fique, madera, tela, alambre o botellas, hasta el "rasta" o el costeño.
Algunos se los han regalado, otros los ha comprado y unos cuantos los ha hecho en el taller, pero aún no sabe a cuál le tiene más afecto: "Los adoro. No sería capaz de regalar ninguno, ni siquiera el más feo, porque ese feo de lo horrible que es, es hermoso. Los quiero, cuido y disfruto como si fueran integrantes más de la familia. Esto ya es una tradición".
Desde que empezó su colección, invita a familiares, amigos y conocidos a recorrer y vivir su cuento de Navidad. "Rezamos la novena, escondo varios Niño Dios, con 15 mil pesos y, lo más importante, ubico una alcancía para recoger fondos para repartirles aguinaldos a los niños que habitan la calle".
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