Lo primero que un visitante ve por la avenida al llegar desde el Aeropuerto Internacional a Caracas es un barrio de torres altas, edificios medianos y pequeñas casas de colores entrelazadas por escaleras y caminos angostos: es el 23 de Enero.
Los taxistas, tal vez exagerando, tienen cifras y datos para el pasajero sobre lo que consideran el barrio más famoso de Venezuela: lo habitan 100.000 personas, fue diseñado en la década del cincuenta por el arquitecto Carlos Villanueva, es el fortín más importante del chavismo, es vigilado por Los Tupamaros o La Piedrita, a los que debes pedir permiso si quieres ingresar.
En la cima queda el Cuartel de la Montaña, donde el Presidente vivo estuvo mientras se daba el intento de golpe de Estado, el 4 de febrero de 1992, y a donde el Presidente muerto será trasladado para que siga siendo venerado. El 23 de Enero, continúa el taxista, es el barrio más grande de América Latina. Y tal vez sea, pienso después de caminar Caracas durante cuatro días, el lugar más adecuado para entender qué significa el duelo venezolano, o mejor, para saber si Chávez permanecerá en la memoria como una inquebrantable figura sentimental.
Pero no todo Caracas está de luto. Si no fuera por los obituarios de 20 páginas en los periódicos y los discursos de los noticieros de televisión, cualquier visitante desprevenido en Altamira o Cachaito podría pasar por alto la muerte del Presidente. Casi que para sentir el luto venezolano hay que estar bajo tierra -en el metro-, arriba en las montañas pobladas por casas populares o en la Academia Militar, en donde está en cámara ardiente desde este miércoles.
Esta última es la primera estación del luto y el mejor escenario para entender el fanatismo. Al este de la ciudad, en un llano extenso decorado por fuentes de mármol, jardines, banderas, tribunas de cemento, viejos tanques militares y esculturas de bolívares y santanderes se encuentra el cuerpo de Hugo Chávez Frías.
Para llegar hasta él hay que hacer una fila desordenada de quince a veinte horas. En el recorrido se ven las típicas escenas que rodean a los estadios en un día de clásico: ventas de manillas y camisetas, puestos de fritos, gaseosas, afiches y banderas. Y la muchedumbre, mientras avanza tan lento, entona cánticos, balbucea discursos, jura no olvidar y votar, levanta la mano izquierda empuñada y celebra cuando le anuncian que su prócer será embalsamo al estilo de Mao Tse Tung, en China, o Stalin, en Rusia. Cualquier asomo de sensatez o cordura en este lugar podría ser visto como una afrenta contra la memoria del Presidente.
En el metro, la historia no es distinta. Niños con brazaletes tricolor, mujeres exhibiendo fotos de Chávez en cartulina y hombres con ramos de rosas. Es fácil adivinar cuál es su estación de destino. Y la voz amable que solía anunciar las paradas, pasó a ser durante cuatro días, una voz luctuosa: "El Metro se une al duelo nacional por el fallecimiento de nuestro comandante".
El luto en casa
"Es el mejor momento si quieres subir al 23 de Enero- me había dicho un librero cuando le conté acerca de mi interés por conocer el barrio más famoso. -Todos están haciendo fila en la Academia o están tristes en sus casas… nadie te hará nada". Entonces me contactó con Carmen Díaz, una mujer blanca y delgada, pero cuyas arrugas hablan de muchos años de obesidad. Carmen, vestida de rojo, lleva la mitad de su vida -33 años- en la misma casa y, al igual que sus vecinos, siente el luto por Chávez como si fuera el de su hijo.
- ¿Ya fue a verlo?- le pregunté – "No. Ni pienso ir. El funeral de mi hijo, hace 7 años, fue el último en mi vida". A Gustavo Adolfo, de 25 años, lo mataron en una calle de Caracas. Lo dejaron tirado como un perro, dice Carmen, y en el respaldo de cada foto de él que me muestra, escribió en letra cursiva la misma leyenda: "Querido Hijo, solo Dios puede hacer justicia con tu muerte. Te quiero. Tu mamá".
Caracas, con tres millones de habitantes, tiene una de las tasas de homicidios más altas del mundo: el año pasado, según cálculos de la prensa, 3.700 personas fueron asesinadas, una muerte cada dos horas. Los homicidios se triplicaron en la era Chávez. Tal vez sea ese, el único reproche que le tiene Carmen al Presidente.
Por dentro, la casa de Carmen no dista mucho de las de los barrios más altos de Medellín, como la Comuna 13: paredes revocadas hasta el salón del comedor, decoración con muñecas o peluches, caballos de porcelana y flores postizas, un patio con escaleras a un segundo piso aún por construir. Desde arriba, tal como ocurre en las terrazas de San Michel o Eduardo Santos en Medellín, se divisa un mosaico de construcciones pobres, y por sus calles empinadas, me dice Carmen, están los grupos independientes que abarcan desde aquellos con pretensiones marxistas hasta criminales de alto perfil en el microtráfico. Muchos están armados. Y todos se autoproclaman chavistas.
Pero Carmen me dio evasivas cuando quise profundizar en las debilidades del Gobierno. Durante buena parte de mi visita, Carmen se esmeró para que yo entendiera por qué Chávez no debió morir. Se refirió a él en tiempo presente ("Chávez es", "Chávez me da"). Me mostró 12 plegarias al Presidente que le han enviado a su celular, llamó a Manuel, un amigo de Barquisimeto, para demostrarme que los chavistas están en todo el país.
A las 8 de la noche, juegos pirotécnicos comenzaron a salir por detrás de las casas, los mototaxistas pitaban en correría y vivas a Chávez salían de los balcones vecinos: "con Chávez y Maduro el futuro es seguro". Estaban celebrando la designación oficial de Nicolás Maduro como Presidente.
¿Cree que Maduro podrá reemplazar a Chávez?- "Nosotros vamos a votar por Maduro", me contestó como quien obedece una orden sin convicción.
Maduro no despierta el mismo entusiasmo. Chávez se supo meter a las masas, creó misiones, fue contestatario, le dio voz a una población que por años estuvo en el reverso de la historia. Maduro recoge un legado casi por azar, pero su escaso carisma no logra fascinar ni a los más chavistas, quienes este 14 de abril votarán obedeciendo la última orden de su comandante.
Después de casi quince años en el poder, Chávez deja a Carmen y a sus vecinos huérfanos y con un fervor que, seguramente, se irá apagando con el paso de los días.
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