Cuenta Jonathan Swift que los pequeños habitantes de Liliput le ordenaron a Gulliver que sacara de su bolsillo una extraña máquina: "era una esfera plana, mitad de plata, mitad de otro material transparente, con ciertos signos extraños dibujados en torno a un círculo.
"Suponemos -dijeron los liliputienses- que se trata del dios a quien adora, pues nos aseguró que rara vez hace algo sin consultarlo. Lo llamó su oráculo y dijo que él le marca el tiempo para cada acto de su vida": era su reloj.
En Liliput no estaba cronometrado el tiempo, y no habían aprovechado ese maravilloso don de Dios: no progresaron, no aumentaron en conocimientos ni adquirieron sabiduría.
Eso nos puede suceder hoy cuando desperdiciamos muchas horas de nuestra vida y por eso es oportuno recordar esta sabia inscripción en un reloj de sol de la película Lo que el viento se llevó: "No malgastes el tiempo: es la sustancia de que está hecha la vida".
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