Escondidos en las entrañas de construcciones señoriales, guardados por muros antiguos y espaciosas galerías, como un corazón de luz se abren aireados patios. No falta allí una fuente, el sonoro milagro, la cristalina pirotecnia del agua.
El patio es ensueño, el agua es fantasía, y los muros tienen el rugoso tegumento de lo añejo, la sedosa textura de los líquenes.
La canción siempre nueva del agua no desentona con el grave silencio de las paredes. La longevidad de los ámbitos bisbisea una historia, huellas de hombres y mujeres que entretejieron su aliento en la fugacidad de la vida.
De esos patios, de esas fuentes, de esos muros, de las ansias y el brío de esos individuos se irguió la ciudad.
Esa ciudad indescifrable desde las variables de la ciencia, desde los tópicos del progreso. Esa ciudad que es más asible a través de las vivencias y sueños de sus habitantes: huellas, símbolos imperecederos.
II
Todo pueblo tiene un linaje. Acaso no podemos exhibir los pergaminos de las dinastías reales europeas, una casa Austria, por ejemplo, pero tuvimos reyes.
Dominando la Avenida Primero de Mayo, la plaza homónima y un amplio campo de megápolis, el Hotel Nutibara, emblema de Medellín y de la raza antioqueña, yergue su señorío.
Los hombres no van tan descaminados cuando conservan la virtud de honrar a sus ancestros. En el lobby del Hotel Nutibara, la efigie del Cacique nativo recuerda a los huéspedes el valor de las raíces. Tuvimos reyes.
También hay una escultura del Cacique Nutibara en la plazuela del frente. En el centro de una fuente, el rey indígena aparece unido a las figuras totémicas de una lora y una serpiente.
III
Por allá en 1940, a comienzos de la década, Europa estaba en guerra. Toneladas de bombas alemanas caían sobre ciudades de abolengo, cual Londres. Los horrorizados ingleses se arracimaban en refugios subterráneos, pero se sabe de un millonario que, desafiando la lluvia de nitroglicerina, se alojó en un hotel espléndido y aguardó la muerte dándose un festín.
En esos mismos días Medellín, una urbe todavía con aire de aldea, ajena a los estropicios del holocausto mundial, iniciaba la construcción de importantes obras de arquitectura que la catapultaban a convertirse en ciudad. En Otrabanda, se construía la Plaza de Toros La Macarena. Y cerca del Parque Berrío, punto geodésico del Valle de Aburrá, al costado de la avenida que entonces se llamaba de la República, un arquitecto foráneo, Paul Ravere Williams , edificaba el Hotel Nutibara.
¿Dentro de qué semiótica está inserto el concepto de hotel que impulsa a un magnate a esperar a la muerte hospedado en una suite? Ningún otro espacio moderno da al hombre una idea más patente de su condición pasajera. En esto radica el esplendor y la desdicha de una construcción seme jante. Sin duda los que irguieron la Torre de Babel pensaban más en un hospedaje internacional, multilingüe, que en ofender a Yavé. Y esto es el hotel, el triunfo de Babel bajo un vestido pagano.
IV
En la recepción del Nutibara hay una hermosa joya de antigüedad, una caja de madera y cristal que contiene tres relojes, cada uno indicando la hora en distintas ciudades del mundo. Bogotá, Medellín, Miami, Nueva York y Washington transcurren dentro del mismo pulso horario.
¡Una ciudad! ¡Latir inmenso! Te entreveras en el pandemonio del centro, en el barullo de las muchedumbres y los pregones, de las bocinas y los motores. La calle semeja un carnaval desmadrado. De pronto, al fondo, en un paisaje de moles de cemento, descubres un copia de una pintura de Botero plasmada en lo alto de uno de los muros de un edificio, una pareja bailando. Y sientes cómo la titánica lucha de los hombres no es más que el intento de sublimar la cruda experiencia en arte perdurable.
Recorres los pasillos del Nutibara y encuentras salones con nombres de culturas prehispánicas (Tairona, Quimbaya, Catío, etc.), lo mismo que pinturas de Botero. El latido del pintor antioqueño se siente con fuerza en esta ciudad, específicamente en esta zona del centro próxima al Hotel, donde están la Plaza Botero y el Museo de Antioquia, donde hay todo un salón dedicado a su obra.
Fernando Botero es un benefactor espiritual y artístico de Medellín, como lo fueron, en otro plano de acción, nuestros aborígenes, y también los conquistadores, y toda la riada cosmopolita trasvasada a esta tierra, que fermentaron y labraron lo que es hoy esta ciudad.
Un cantero con azaleas en el umbral del patiecito aledaño a la piscina nos recuerda que mientras el camino de los hombres hacia el arte pasa por la guerra, el de las flores es un estado perpetuo de crecimiento y contemplación.
V
Cuántos ratos de ocio sabroso gozaría Zubeldía en la piscina del Hotel Nutibara. El agua azul invita a regodeos, pero hoy no se ve un solo alma allí, quizás porque está en mantenimiento. Cuánta gente, a lo largo de casi setenta años, habrá hollado el piso de estos ámbitos. Placer, es otra connotación adherible a la palabra hotel. Antes que las bombas me despedacen, me la gozo, pensaría el adinerado englishman. Quizás su banquete no sólo estaba servido de pavo y vino, sino también de bellas huríes. Aventura, romance, buen gusto, todo esto se desprende de tan plurisignificativo término. Ves al botones con su casaca roja y todo un orbe de evocación novelesca te asalta.
Y bien, hoy recorro el Hotel Nutibara en mi oficio de periodista, mas no es la primera vez que lo piso. A pesar de que a menudo paso ante él en mis afanes de hombre atareado, y observo la respetable entrada y el acuerpado vigilante desde una leve sensación de segregado, debo confesar que para mí es un lugar entrañable. No porque, en distintas etapas de mi vida, con un intervalo de bastantes años, he estado allí en dos fiestas, respirando el aliento de lo grande y lo solemne. Sino, y sobre todo, porque mi residencia de más de treinta años en Medellín me ha hecho sentir el Hotel Nutibara como una imagen muy nuestra.
Desde 1945 la ciudad se ha transformado. Se han derruido edificios, se han levantado otros, en esa imperiosa metástasis del cemento, que constituye uno de los fenómenos más admirables de la posmodernidad.
En Otrabanda permanece aún la construcción circense de la Plaza de Toros. Aquí para ver lidiar y matar belfudas bestias hay que cruzar el río. Por fortuna (o por desgracia, dirán los taurofóbicos) existen puentes. El más expedito es el de San Juan.
En la Primero de Mayo perdura, color de líquen, el Hotel Nutibara, sobria y elegante y añeja mole que ocupa esa pequeña manzana encuadrada por Bolívar, Maracaibo y Palacé, y que sigue mirando a la plazuela homónima, donde la lora del Cacique parece parir loritos por montones, pues un transeúnte avisado se habrá dado cuenta del contrapunto musical que éstos, con su algarabía, oponen al estridente ruido de los automotores.
Es otra imagen hermosa, y da fe de que los cambios de la ciudad no tienen que ver sólo con las gélidas sinfonías del concreto y con el maquiavélico moldeamiento de las poblaciones, sino también con las fecundas y soterradas potencias de la naturaleza.
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