El dato es contundente: un 52% de los encuestados está en desacuerdo con la aprobación del referendo reeleccionista y sólo un 39.3% está de acuerdo con la autorización de la consulta. Es el sondeo de Datexco que se realiza en 13 ciudades e indaga por teléfono a 1.200 personas.
La encuesta es una bofetada impresionante a quienes sostenían, como único argumento, para defender el referendo, la obligación de oír al pueblo.
¿Qué pueden decir ahora las personas que en los últimos meses habían dicho que los vicios de procedimiento en el trámite del referendo era una cosa secundaria ante el hecho indiscutible de que el pueblo quería la consulta?
La situación había llegado al extremo de que dirigentes políticos decentes como Juan Lozano, quien encabeza la lista de la U al Senado, en los debates públicos, ante la enumeración infinita de irregularidades que se produjeron en la recolección de las firmas y en el paso del referendo por el Congreso, se negaba a examinar una a una las acusaciones y se refugiaba en la idea de que la clave en la democracia era atender el clamor de las mayorías, lo demás poco importaba.
¿Qué pensarán ahora que las mayorías en esta encuesta rechazan la aprobación del referendo? Estos datos alivian un poco la tarea de la Corte Constitucional. Le quedará más fácil a este organismo declarar la inexequibilidad del referendo sabiendo que, además de las múltiples trampas que se hicieron en su aprobación hay una mayoría de ciudadanos que le dicen no a la consulta.
Ahora bien, la encuesta trae otros datos interesantes. En la eventualidad de que no se presente el presidente Uribe es Sergio Fajardo quien logra un mayor respaldo para sus aspiraciones presidenciales. La diferencia con Juan Manuel Santos es ínfima, pero no deja de ser sorprendente que Fajardo supere en algo a Santos que funge ahora como el preferido de Uribe y el más posible candidato de la coalición uribista.
De manera que el sondeo dice que las cosas no están tan definidas como se pensaban. No es claro que haya referendo, pero si lo hay, no es nada claro que vaya a obtener la votación necesaria para autorizar la presencia de Uribe en las elecciones. Tampoco está cantado que el nuevo presidente sea un miembro de la coalición uribista a pesar del gran poder que han acumulado en los dos mandatos de gobierno y del gran despliegue de dinero, puestos y contratos, que están realizando en la campaña política.
El mito de una coalición uribista invencible se está viniendo al suelo. Si un candidato como Fajardo, desprovisto de maquinaria política y apertrechado apenas en un gran esfuerzo personal por recorrer el país y mostrar una cara coherente de la política, está en la cabeza de la lista de los candidatos para reemplazar a Uribe, la campaña puede ofrecer grandes sorpresas.
Obviamente las fuerzas independientes y de oposición no pueden echar las campanas al viento. El escenario electoral es aún muy incierto y desfavorable. Falta que Uribe salga de manera definitiva de la baraja de candidatos y falta que la campaña presidencial tome forma y entre por fin en el debate sobre los logros y deficiencias del actual gobierno.
Pero ha llegado la hora de la reformulación de las campañas. Ahora se sabe que ni Uribe ni los uribistas tienen todas las cartas a su favor. Se sabe que habrá segunda vuelta. La gran decepción de sectores de la población con los decretos de emergencia social, con el declive de la seguridad democrática, con los reveses en la política exterior y con los escándalos de corrupción de personas allegadas al gobierno, dan para elevar la crítica y señalar con mayor decisión los desaciertos de la administración Uribe.
La oposición debe atender con esmero dos campos: las alianzas y las relaciones exteriores. La posibilidad de llegar a la Presidencia depende de la capacidad de aglutinar a la oposición y de enviar una señal de confianza hacia Estados Unidos y hacia los vecinos.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8