Uno observa a este milagro de hombre tenaz caminar y no acaba de entender de dónde brota su férrea voluntad para cambiar el mundo. Pero el caso es que José Antonio Abreu lo ha logrado con la música, para demostrar que ella salva vidas.
Este economista apasionado de las matemáticas que se decidió por perseguir la utopía de la dirección musical, quizá embrujado por las notas de la Quinta sinfonía de Tchaikovski, su favorita, tuvo un día un sueño. Fue a la manera de Martin Luther King: "Llenar Venezuela de orquestas". Eso, dicho hace 36 años causaba risa, pero él no se amedrentó.
Empezó con 11 músicos en un garaje dispuesto con 25 atriles. El primer día de ensayo sobró espacio. Hoy no caben a lo largo y ancho del país, donde ha abierto 280 escuelas. Es una realidad que ha implantado, además de un sistema pedagógico revolucionario y resultados de una inclusión social que ha rescatado de la marginación a unos 400.000 niños y jóvenes -la mayoría con escasos recursos- en un país azotado por la violencia, el crimen y la inseguridad.
Ya es un personaje reconocido en todo el mundo como un hombre por encima del bien y del mal, alabado por genios de la dirección de orquesta e intérpretes, buscado como referente por instituciones como Naciones Unidas y aclamado con premios que van desde el Príncipe de Asturias de las Artes hasta el prestigioso Echo Klassik de la industria musical alemana.
Su sistema de orquestas ha cuajado con resultados asombrosos en Venezuela, pero ahora se extiende por América Latina en proyectos similares dentro de las favelas de Río de Janeiro, los rincones más apartados de Argentina o los barrios más humildes de Colombia. Por no hablar de E.U., Asia y Europa, donde muchos tratan de implantar un método pedagógico que salve el nivel de sus estudiantes para el futuro de la música clásica.
Cuesta mucho trabajo calificar de orquesta juvenil a la Simón Bolívar. ¿Ya ha roto la cáscara?
"El hecho es que se trata de una orquesta joven, orgullosa de su condición porque se expresa en términos de vitalidad y entusiasmo sin menoscabo de la excelencia. Ya está fuera de la cáscara, pero ese aspecto no es importante. De lo que se trata es de salir al encuentro con la música y su verdadero sentido. Su verdadera razón de ser, que para nosotros es un mensaje que trasciende lo estético, lo musical".
¿Para llegar a dónde?
"A algo parecido, en cuanto al contagio, a lo que supuso el boom literario latinoamericano hace años. Ellos han creado un boom que se extiende a otras orquestas, que inspira para configurar una generación de jóvenes con una visión diferente, que encuentra su máxima justificación en el legado social. Este aspecto transforma nuestro trabajo de manera radical".
¿En qué sentido?
"Ya no solo sirve la música al mero disfrute, sino que entra de lleno en la esfera de los valores. Ya no se atiene al efecto que pueda causar en la crítica especializada o en ciertos sectores de la élite, sino que busca abrirse a un público más amplio que se deje contagiar precisamente por los orígenes de quienes forman las orquestas: niños y jóvenes salidos de barrios marginales, con medios y bajos recursos, comprometidos con sus entornos y sus países y su identidad latinoamericana como prueba de una energía distinta".
¿Cómo logra el sistema un talento global?
"Por el efecto demostración. Por el impacto que un grupo determinado dentro de un conglomerado artístico ejerce sobre el resto de sus componentes. Dando ejemplo, así de sencillo. El hecho de que esté sentado frente a un atril junto a alguien que toca mejor que yo es una palanca que me impulsa a a mejorar. Se deben dar tres circunstancias para que funcione todo el engranaje: la disposición individual, la dinámica de grupo y una dirección que ejerza un liderazgo apto para obtener el mejor efecto posible. El sistema se encarga de articular los tres, cuando se conjugan sabiamente se logran los resultados".
¿Y todo encaminado a un objetivo social?
"No puedes encaminar eso en virtud de una comodidad. En el aspecto social, la inclusión es el principio básico. Nuestro lema son los pobres primero y para los pobres los mejores instrumentos, los mejores maestros, las mejores infraestructuras. La cultura para los pobres no puede ser una pobre cultura. Debe ser grande, ambiciosa, refinada, avanzada, nada de sobras. Además, ellos multiplican su efecto, porque son enormemente agradecidos ante el esfuerzo. No es práctico incorporar a su vida esa faceta como si fuera un florero".
¿Cómo se logra hacerles comprender en determinados ambientes donde la lucha por la supervivencia es una guerra diaria, que la música puede ser crucial para ellos?
"Cualquier muchacho de un barrio marginal, sometido a las tensiones de la violencia, la inseguridad, el asesinato, el robo, puede elegir tocar un instrumento como algo intrascendente. Pero la mera presencia de ese instrumento en la casa puede volverse fundamental y cambiar su vida. Cuando vives en una cloaca y un maestro toca a tu puerta, con ese sencillo gesto ya estás realizando un acto de inclusión. El instrumento es el cebo, del resto se encarga el sistema. Ambos combinados obran el milagro".
Habrá fallos, habrá fracasos...
"Muy raro, parece mentira que un simple instrumento obre eso, cuando después se ven atrapados en la red del sistema, raramente regresan a la marginalidad. Nunca más. La marginalidad se ha demostrado algo reversible a través de la música y el trabajo bien organizado. Por una razón muy sencilla: porque una vez que se empiezan a apreciar los resultados, el muchacho se convierte en un héroe. Me gusta recordar a Teresa de Calcuta en esto cuando dice que la verdadera pobreza no es la falta de pan, ni de techo, la verdadera pobreza viene de la sensación de no ser nadie".
Donde ha creado usted una verdadera escuela es en la dirección de orquesta. ¿Cómo los detecta? Los muchachos dicen que es un misterio.
"Eso se descubre. Tiene uno que asistir a la dinámica de una orquesta para verlo. Siempre hay tres o cuatro músicos a los que les interesa y ahora el fenómeno se está multiplicando por el efecto Dudamel. Es bueno, porque eso les lleva a estudiar a fondo, a formarse, se fijan en él y en los grandes, van a verlo, lo observan. Acuden a mí con cierta ingenuidad y con mucho entusiasmo. Yo trato de atenderlos, para mí es una cuestión prioritaria".
¿De dónde le sale la motivación, con los achaques?
"Siento la necesidad de no defraudar a quienes dependen de mí, a una enorme comunidad, eso me convierte en un ser infatigable".
Y la música, ¿qué es?
"Es el último extremo, la máxima expresión del hombre para alcanzar el mundo sublime, indescriptible, invisible, por eso no se puede ver, ni palpar. Se vislumbra con los ojos del alma".
¿Los mandatarios entienden tanta abstracción? Usted ha pasado por todos. Ocho presidentes en su país.
"Nunca diría eso. No me han podido negar su apoyo jamás porque ahí están los resultados. No dependemos de los gobiernos, sino de esos frutos que damos. Al principio nos costaba e íbamos a los alcaldes y a los gobernadores a convencerles de la necesidad de implantar núcleos. Hoy son ellos quienes acuden a nosotros, y no solo en Venezuela, llegan a que les montemos su escuela. Todo el mundo quiere su propia orquesta y su propio Dudamel".
El sistema implantado por usted no olvida las raíces. ¿Cómo se complementan los mambos con Mahler?
"Los géneros de la gran música tienen su raíz en lo popular. Parten de esa base para elevarlo después a algo más sofisticado. Bach estuvo atento a la esencia de la música del pueblo en su día, algunas danzas son el tema de sus suites para violonchelo, por ejemplo. La música latinoamericana no se puede entender sin esa identidad en el caso de compositores como Villalobos, Ginastera, Piazzolla. ¿Quién es Gershwin en la música del siglo XX sino un músico popular? ¿De dónde sale el jazz? En cuanto a la música que más impacto tendrá en esta época estoy convencido de que será toda aquella que fomente la explosión del ritmo. Sobre todo en nuestro ámbito, la juventud se engancha por ahí".
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