Las estadísticas de conductores ebrios que arrollan y matan gente no parecen conmover a los colombianos. En cambio, cuando las historias concretas de las víctimas se relatan en los medios, sí logran concitar cierta atención.
Los daños que causan los conductores borrachos son tragedias para cientos de personas. Sin embrago, el descaro y cinismo de muchos de los homicidas borrachos son infinitos. Saben que, al final, nada les pasará. Las víctimas y sus familias quedan destrozadas. Los matones del volante sufren un "estrés pasajero", y luego salen de rumba.
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