Doña Lucía de la Cuesta siempre dejaba sonrisas a su paso. Irradiaba tanto amor, tanta alegría, tanto calor humano, que donde llegaba despertaba entusiasmo y admiración y siempre lograba lo que quería a partir de la pasión con que asumía cada compromiso en favor de los demás.
La misma fortaleza con la que afrontó la trágica desaparición de su hijo Juan Luis, la tuvo para levantar banderas de solidaridad, en su trabajo con la Federación Antioqueña de Organizaciones No Gubernamentales, para suplir la ausencia del Estado en la solución de problemas sociales, en particular relacionados con los niños.
Su muerte es una pérdida para toda la sociedad y las causas de los menos favorecidos.
Se fue una mujer extraordinaria, carismática, rebosante de caridad y amor cristiano.
Antioquia se viste de luto.
A su familia y amigos, nuestra sentida condolencia.
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