El candidato presidente Santos promete la paz como eslogan de campaña, con un manto de ilusión. Dijo el 20 de noviembre de 2013, al oficializar su obvia aspiración a quedarse en el poder: "Quiero liderar una Colombia que pase del miedo a la esperanza. Del atraso a la modernidad. De las divisiones a la unidad. Una Colombia que piense en construir futuro más que en aferrarse al pasado. No quiero un país dividido. Quiero un país unido. Quiero una Colombia en paz y con prosperidad para todos".
Yo también quiero la paz. Creo que es conveniente y necesario que se firme un acuerdo político para dar fin al conflicto armado entre guerrillas y gobierno colombiano.
De ahí a creer que la paz es un idilio, que traerá réditos nunca antes vistos y que viviremos en un país menos violento, hay un salto que yo no puedo dar.
El candidato presidente se equivoca al invocar una retórica manoseada que promete el país de las maravillas fruto de la paz. Su discurso es próximo al canto de sirenas que se emitió en 1993 en El Salvador con el informe de la Comisión de la verdad: "De la locura a la esperanza: la guerra de los 12 años en El Salvador".
No critico los logros del proceso de paz salvadoreño; ni mucho menos desconozco la tenacidad de quienes se jugaron la vida por ese proceso. Esto fue hace 20 años y creo que todos los salvadoreños saben que su proceso no fue dulce, ni tierno, ni condujo a la prosperidad para todos. Promovió cambios cualitativos importantes, particularmente, en la vida política nacional. Sin embargo, el prometido salto de la locura a la esperanza no fue tan contundente como prometieron las plumas de la Comisión de la verdad.
El proceso colombiano, además, importa mayor complejidad. Después de tantas décadas de conflicto, las dinámicas económicas, políticas y sociales han interiorizado la guerra y han logrado la estabilización, sin importar el caos permanente que se experimenta como fruto de la guerra. Igualmente, las guerrillas no son los únicos actores que desestabilizan la situación de orden público y su desaparición del mapa de actores violentos no se traducirá en una disminución de la violencia.
Fruto del acuerdo de paz, no daremos una salto mágico a la modernidad y no cesarán las divisiones. El candidato presidente Santos vende una promesa equivocada. Debería defender la paz, promoviendo una mirada mucho más real de lo que esta puede traer. No entiendo por qué no es suficiente promover una noción de la paz como un proceso que: contribuiría a que la resolución de algunos conflictos se haga por vía del diálogo y no por medio de las armas; permitiría el desarrollo de obras sociales en lugares olvidados; facilitaría la inclusión de comunidades estigmatizadas; permitiría apartarnos en materia de seguridad pública de la dañina inspiración en el paradigma del enemigo interno; abriría el espectro político a nuevas opciones y manifestaciones; o exigiría un remozamiento de la cosa pública en torno a la definición incluyente de intereses comunitarios.
Todos estos fines alcanzables por un proceso de paz. No prometen unidad, ni prosperidad; sencillamente, exponen beneficios concretos de un proceso complejo en un país que seguirá siendo violento y marcado por la inequidad. La paz vale la pena, pero no será la salvación ni será el fin del fin del burdel colombiano.
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