Desolación, tristeza, desesperanza… Después de ver la sombría belleza de Searching For Sugar Man, queda en el ambiente una terrible sensación de frustración alrededor del negocio de la música. Porque más allá de la realidad paralela que se han construido las grandes y poquísimas estrellas del negocio -una absurda realidad repleta de excesos, excentricidades y despropósitos- la gran mayoría de los músicos transitan los mismos caminos de Rodríguez, un creador en el estricto sentido de la palabra; un hombre íntegro, indescifrable, insondable, sin odios o rencores hacia una industria que no supo dimensionar su grandeza; un público y una crítica que no asimilaron el poder, profundidad y sabiduría de sus letras y sonidos. Como Rodríguez, miles de músicos alrededor del mundo trabajan en silencio, en el anonimato; son sujetos que se adaptan e incorporan el olvido como parte de la vida. Bichos raros ignorados por la gran masa que se acostumbró al artificio y las luces brillantes que emanan figurines armados con bisturí, inflados con aire. Una gran masa distante, indiferente y poco curiosa por escarbar, por indagar o cuestionar.
Obnubilados y distraídos por la superficialidad. Enceguecidos y ensordecidos por la abrumadora publicidad pagada y gratuita que se genera alrededor de Gagas, Britneys y Beyoncés, el público de hoy ha sido moldeado y educado (¿maleducado?) para exigir poco. El video clip subido de tono, las noticias alrededor del escándalo bien diseñado por la agencia de prensa, la música construida con los beats de comprobada eficiencia, o las pegajosas e insulsas letras minimalistas que se pueden aprender y tararear sin necesidad de saber Inglés, dejan bien claro que esto es un negocio que debe dejar plata rápida, y punto.
Aquí se hace necesario, pues, hacer una separación clara del término "artista". Rodríguez es un artista. Beyoncé o Madonna, por citar las dos ilustres visitantes a nuestra ciudad, por ejemplo, son extraordinarias "entretenedoras", parte de un sofisticado y efectista engranaje que, incluso, tiene en cuenta la música. Estas divas ofrecen sensaciones contundentes, inmediatas; azúcar al ojo y oído.
El artista de verdad conoce sus limitaciones, pero también entiende el puesto que ocupa en la sociedad contemporánea en la que genera más impacto, notoriedad o trascendencia ‘pelar una teta’ o dejarse fotografiar sin calzones.
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