El Catatumbo es una especie de sincretismo de todos los problemas nacionales: pobreza, desigualdad, cultivos ilegales, narcotráfico, minería ilegal, presencia de grupos armados fuera de la ley, violaciones a los derechos humanos, ausencia de Estado y cuanto asunto complejo tenga nuestra dichosa tierra.
Repasemos: el Catatumbo tiene un valor geopolítico inmenso que los ilegales han sabido explotar a las mil maravillas. Mientras tanto, el Estado, como el avestruz, históricamente ha enterrado la cabeza haciéndose el de la vista gorda con la región. Sus tierras, por más áridas que se vean, son ricas en minerales y pródigas a la hora de la siembra.
Paradójicamente, esa fertilidad se ve en las más de 4.000 hectáreas de coca de las cuales viven, subsisten y comen miles de campesinos criados en la pobreza y testigos de una confrontación histórica entre guerrillas y paramilitares, además de los mafiosos que aprovechan las rutas del narcotráfico y del contrabando desde y hacia Venezuela.
En resumen: la confluencia de factores ha hecho que la zona sea una tierra del olvido, como tantas en el país.
Hace más de un mes, los campesinos salieron a protestar y exigir lo que ellos creen ser sus derechos ignorados. Optaron por las vías de hecho, una práctica que se ha vuelto común en Colombia y que anuncia nuevos paros: minero, cafetero, de transportadores y de paperos.
Y como el diálogo en el Catatumbo ha sido mínimo o nulo, el punto de partida es una desconfianza inmensa entre las partes en cuestión. Que los que protestan son infiltrados de las Farc, dicen de un lado, mientras que del otro aseguran que el Gobierno es arrogante y quiere solucionar el tema con chequera de momento y no de largo plazo.
La situación es compleja. La luz al final del túnel brilla lejos. Y eso no debería ser así. En el fondo lo que el Catatumbo demuestra es la falta de interlocución entre el pueblo y el gobierno actual, donde todos los miembros del Ejecutivo que meten la cucharada en esta sopa picante, lo hacen para generar mayor desconfianza sobre lo que pasa, sin dimensionar que están frente a la peor crisis social a la que se ha enfrentado el llamado gobierno de la prosperidad para todos.
Hoy, el diálogo con las bases es poco. La gente sigue sintiendo lejano a Juan Manuel Santos, quien piensa más en el cálculo político de La Habana y de la reelección, que en el ambiente caldeado y soporoso que se vive en el Catatumbo.
Paradójicamente, el vicepresidente Angelino Garzón, a quien tienen en el cuarto del servicio del Ejecutivo, hoy es el llamado a destrabar los diálogos en esta región para dar un respiro a la asfixiante coyuntura.
Ojalá la figura Garzón, un tipo curtido de pueblo, sea el motivo para encontrar la justa proporción en la solución y alejar los fantasmas de las infiltraciones guerrilleras en el movimiento campesino, para poder hablar desde el espacio donde toca hacerlo: la democracia, el respeto y el mayor beneficio para la sociedad.
Angelino, el olvidado, está haciendo lo que no pudieron ministros y altos consejeros, pero lo triste es que pasan los días y el Catatumbo no deja de ser lo que se vive en la Colombia lejana, esa que se ve en tantas regiones del país.
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