Para mí hubiera sido más fácil acostarme a dormir y entregar la columna que tenía lista; no sentarme a escribir con la noche encima y el cansancio tras un concierto.
Pero desde el momento en que las luces del Teatro Metropolitano se apagaron, después de Dos pájaros contraatacan, no puedo dejar de pensar en ella: en Madonna.
Cada canción de Joan Manuel Serrat guarda un momento de nuestra vida.
Cuando íbamos en carro a la costa, tan pronto como avistábamos el mar, solíamos poner el cassette de Mediterráneo. A lo lejos se insinuaban las olas del Caribe y, con la cabeza a medio salir por la ventanilla y el viento en la cara, cantábamos: "¿Qué le voy a hacer, si yooooo…?".
Serrat era el que se sentaba frente a la chimenea con mi tío y su novia, a guitarrear hasta el amanecer: "La mujer que yo quiero no necesita, bañarse cada noche en agua bendita".
También viajaba en el bus del colegio y, cuando las más niñas cabeceábamos en el hombro de las grandes, nos inoculaba generosas dosis de Antonio Machado: "Caminante no hay camino, se hace camino al andar".
Mis padres completaban la tarea, entre labores domésticas: "Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar".
Serrat es el álbum familiar en el cajón de la mesa de noche. El abrazo en la nostalgia.
Ya en la adolescencia, Madonna hizo lo inevitable: demarcar territorios.
En la radio, la farra y la pinta (cruces, manillas, encajes). En el Walkman escondido debajo de la tapa del pupitre: ¡ella era el escape…
El buen Sabina me llegó tarde, gangoso y poético. Con su vozarrón "de lija", en contraste con el "terciopelo" de Serrat.
El lunes estuve con la bandada, con los que volamos libres, y anidamos en árboles cercanos. Esta noche, en cambio, me perderé entre la multitud.
Madonna es el plato exótico que anhelamos degustar y cuyo sabor, tal vez, nunca olvidaremos.
Serrat y Sabina son el sabor de la boca misma, del hogar... el llamado al que se atiende por naturaleza más que por curiosidad.
Sé que a mis nietos les contaré que una vez vi a Madonna. Sé que con ellos cantaré las canciones de Serrat.
Memoria afectiva y espectáculo no se excluyen mutuamente.
Pero, lo confieso, prefiero la intimidad, las visitas que no exigen maquillaje (ni dárnoslas de "metrópolis").
Siempre me intrigaron esas columnas tituladas "Carta abierta a...", leídas por todos, menos por el directo interesado. Esta será una breve nota, en sobre cerrado: "Canta fuerte, Madonna: ya no hay monja que nos decomise el Walkman".
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