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Calle Vieja será sólo recuerdos

LOS MAZO, LOS Maya, los Palacio..., familias enteras quedaron sepultadas o diezmadas por esta tragedia. Calle Vieja será sólo recuerdos.

  • Calle Vieja será sólo recuerdos | Esteban Vanegas | Duele ver a este barrio, que por decenas de años construyeron sus pobladores poco a poco, hundido entre la tierra. Se calcula que bajo el alud quedaron 123 personas, habitantes del sector.
    Calle Vieja será sólo recuerdos | Esteban Vanegas | Duele ver a este barrio, que por decenas de años construyeron sus pobladores poco a poco, hundido entre la tierra. Se calcula que bajo el alud quedaron 123 personas, habitantes del sector.
06 de diciembre de 2010
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"¿Qué le puedo decir hermano?... uno está ahí esperando y no sabe qué hacer, es muy duro, muy duro", repite Jefferson Ramos parado a 10 metros de la montaña de lodo en la que se convirtió lo que hasta el domingo, al inicio del atardecer, era el barrio Calle Vieja.

Está que llora, pero el ajetreo del lugar no le da ni tiempo de eso. Gente va, gente viene, un socorrista pasa con un perro, otra señora corre desesperada preguntando por su hijito que no aparece y la Policía, entre tanto, arma una barrera para que la gente no invada el lugar de la desgracia.

Es duro todo eso para Jefferson. El sábado, John Noel Palacio Martínez, su primo, se había tomado unos tragos con él en el barrio Zamora, y había estado feliz.

"Es eso lo que me duele hermano, compartíamos mucho". Pero ahora no está y seguramente una masa de 12.000 metros cúbicos de tierra, la misma que cayó sobre Calle Vieja, cubre su cuerpo. También el de su pequeña hija Vanessa Palacio Velásquez, de seis años, con la que estaba cuando la tierra se le vino encima.

Es lo más seguro, apunta Jefferson. Y recuerda los esfuerzos que hizo su primo para levantar la casa, en la que residía hacía dos años: "compró el lote como en 8 millones y poco a poco fue construyendo, ya le tenía piso de cerámica, ¡qué iba a imaginar esto!", exclama.

Y ruega que no llueva para que, al menos, saquen su cuerpo para sepultarlo como mandan las leyes de Dios: en un cementerio y con una lápida que lo identifique para rezarle y pedirle al Supremo que lo tenga en su reino.

Luego, invadido de nostalgia, de recuerdos de esos bacanísimos que se guardan de aquel con el que se comparten unos tragos o los sueños de la vida, busca una sombra para refrescar la espera.

Todo se hizo nada
Mientras tanto, allá al fondo, como hormigas, los socorristas escarban la montaña. Pareciera increíble que antes del ataque de la tierra, esa montaña fuera una calle plana, alegre y lista para Navidad. "Es más, ahí donde empieza el derrumbe había un deprimido de la calle, ahí estaba el parquecito infantil", repite un vecino que no espera familiares, pero igual siente el dolor en el pecho y la garganta, pues no quiere hablar y sólo dice: "todos eran mis amigos y mis vecinos, era mi barrio".

¡Qué paradoja! Allí, en los 70 u 80 metros que mide cada casa, había una familia. Y ya no. Los Mazo. Los Madrigal. Los Maya. Los Palacio. Los Rojas. ¡Qué amargura saber que la tierra en la que soñaron unidos, los borró de la vida así juntitos!

Y por eso es imposible detener el llanto. Cómo pedirle calma a doña Gloria Jaramillo a sabiendas de que bajo el alud yacen su hijo Juan David Torres, de 6 años, su hermana Marinela, de 36, y su sobrina Ana María Calderón, de 12.

"Todos están ahí, yo ni me di cuenta de lo que pasó, me enteré cuando venía pa'la casa y encontré la calle cerrada, fue muy duro", comenta Gloria con su corazón lleno de recuerdos y la vida vuelta añicos por la pérdida de tantos seres amados, así de sopetón, de un golpe.

Su refugio es la pared de una casa en la que recuesta la espalda y agacha su cabeza para llorar sin que todos tengan que enterarse.

A las 12:15 minutos del medio día, su soledad, esa que da la desesperante espera de noticias, la interrumpen los gritos de una señora que ve sacar un nuevo cadáver, el número 19, y piensa que está vivo porque a lo lejos le percibe un movimiento.

"¡Mírenlo!, ¡mírenlo!, es un niño, estaba en el parquecito, pero está vivo, se mueve, se mueve!".

Por un instante, hay agite en los corazones y hasta algunos celebran. Pero los socorristas la aterrizan en la terrible realidad: "calmémonos un poco, no entorpezcamos la labor que esto es muy delicado". Y añade que es una niña, una pequeña de nombre Evelin (no dice el apellido), pero ya está muerta.

Horas antes se había presentado una escena similar con otra niña rescatada en la mañana a la que algunos medios alcanzaron a reportar como viva.

Apenas entendible, pues hay cierto caos en el sitio y los dolientes alientan la esperanza de que sus amados salgan respirando de debajo de la tierra. Tal vez no haya tal milagro, ese que siempre se espera en los desastres.

"Es muy difícil por la cantidad de tierra caída y porque los sitios vacíos que hemos encontrado entre las estructuras han estado llenos de tierra, de líquidos o de agua", informa el director del Dapard, John Fredy Rendón.

Su declaración rueda como bola entre la multitud y los rostros adoptan ese gris etérico de la tristeza.

"Al menos que saquen los cadáveres para enterrarlos", repite Luis Calderón, el esposo de Marinela Jaramillo y papá de Ana María.

La orden, por el momento, es hacer una remoción manual de la tierra para rescatar hasta el último de los cadáveres. Y socorristas y cuerpos de seguridad la están cumpliendo a cabalidad.

El cielo, el cielo intensamente azul, ayer puso de su parte para que así fuera. Fue el día más brillante de los últimos meses en Bello. Tal vez haya otros y mientras así sea, se podrá escarbar la tierra para arrebatarle de sus entrañas hasta el último de los sepultados: ancianos, papás, niños, muchachas, los que un día, llenos de sueños, poblaron Calle Vieja y hasta la inundaron de risas...

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