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06 de diciembre de 2013
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El día fabuloso en el cual la selección Colombia jugó contra Chile en Barranquilla, regresaba de Panamá a Bogotá en Copa.

En el avión no se vivía el mejor ambiente por cuanto el comandante nos había avisado que Colombia perdía dos por cero.

Ya prácticamente estábamos tocando pista, con el anhelo de ver el segundo tiempo del partido, cuando el piloto se vio obligado a ascender vertical y vertiginosamente abortando abruptamente el aterrizaje.

Por supuesto el nerviosismo se respiraba en el ambiente, máxime cuando la vuelta por el cielo bogotano tardó unos veinte minutos.

Al tocar pista el comandante nos explicó que tuvo que hacer esa brusca maniobra porque al llegar al borde de la pista otro avión ingresó a la misma autorizada por la torre de control.

¿Estaban los controladores viendo el partido? Ese fue el interrogante casi común en el avión, por supuesto sin sustento alguno.

Traigo a colación esta historia por lo que hemos venido viviendo los pasajeros en los últimos tiempos.

Para nadie es un secreto que el gobierno decidió una política de cielos abiertos y varias aerolíneas extranjeras y nuevas nacionales están prestando el servicio en Colombia. Este punto es positivo porque una competencia razonable trae beneficios al pasajero.

Por otro lado, el número de viajeros ha venido creciendo inusitadamente en los últimos años en un mercado que se creía inelástico.

Solo para tener una idea, Avianca (y advierto que estoy vinculado con ella como miembro de la junta) tiene veinticinco vuelos diarios de Medellín a Bogotá, y otros tantos de regreso. Y así, cada una de las aerolíneas aporta un número tal de vuelos y de pasajeros nacionales e internacionales que están copando la capacidad aeroportuaria del país.

Bogotá está estrenando un majestuoso aeropuerto. Mas, a hoy, el cuarenta por ciento de los aviones que llegan o salen de Bogotá tienen que hacer su parqueo en lo que se llama posición remota, y los pasajeros deben ser llevados al terminal aéreo o de este al avión, en buses. El "carreteo" en Bogotá tarda entre treinta y cuarenta y cinco minutos en el mejor de los casos.

Además la congestión del espacio aéreo en la capital obliga a que un avión permanezca quince o veinte minutos adicionales en el aire con el riesgo que ello conlleva, la demora para el pasajero y las consecuencias en toda la operación aérea.

Como todo se centraliza en El Dorado, cuando Bogotá se cierra, por cualquier razón, todos los vuelos del país sufren un retraso traumático.

Estos son solo algunos aspectos, fuera de la insuficiencia de controladores aéreos, de radioayudas modernas, de eficiencia en la operación y de problemas también por parte de las líneas aéreas.

Los aeropuertos deben servir para el eficiente flujo de pasajeros y un adecuado manejo de las operaciones aéreas. Si esto no se cumple, no pasarán de ser unos muy buenos centros comerciales.

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