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BOBBY SANDS EN GUANTÁNAMO

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15 de abril de 2013
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En el debate sobre el legado de Margaret Thatcher, dominado por la interpretación británica, hay un elemento importante que pasó a segundo plano: el episodio de la huelga de hambre de los detenidos del Ejército Republicano Irlandés en 1981.

No obstante, esto cobra una importancia particular pues, 32 años después, otra huelga de hambre, esta vez en Guantánamo, está a punto de explotarle en la cara a Barack Obama, que no ha cumplido su promesa de cerrar esa prisión militar estadounidense.

"Un crimen es un crimen, no es un delito político". Enunciada lentamente con voz alta, con un dejo de desesperación en el tono, esta frase ilustró la determinación de la "Dama de Hierro", entonces primera ministra, ante el movimiento que estaba por arrasar Irlanda.

Nombrado comandante de los prisioneros del ERI en la prisión de Maze (Long Kesh para los irlandeses) donde purgaba una pena de catorce años por posesión de arma de fuego, Bobby Sands dejó de alimentarse el 1 de marzo de 1981. El 9 de abril, tendido en su celda, fue elegido diputado en Westminster, en una elección parcial en una circunscripción de Irlanda del Norte. El 5 de mayo falleció.

La noticia, anunciada a las 2 de la mañana por el escándalo producido con tapas de basureros en Falls Road, Belfast, fue seguida por noches y días de motines. Cien mil personas asistieron a los funerales de Bobby Sands.

Otros detenidos ya habían tomado el relevo. El siguiente, Francis Hughes, murió una semana después. Atrincherada en su posición, con el apoyo de la opinión pública británica, Margaret Thatcher no se movió. De mayo a octubre, ella dejó morir poco a poco a diez huelguistas de hambre. Fueron las madres de los detenidos quienes le pusieron fin al movimiento, al pedir la intervención de los médicos una vez que sus hijos caían en coma.

Gran golpe propagandístico, la huelga de hambre le permitió al ERI reclutar con abundancia, reforzó al Sinn Féin, su brazo político, y radicalizó al conflicto. El dinero de los simpatizantes estadounidenses corría a raudales. Continuaron los atentados mortíferos, en especial aquel, tres años más tarde, del que Thatcher apenas logró escapar en su hotel, durante la convención conservadora en Brighton. Fue finalmente Tony Blair el que en 1998 llegó a un acuerdo de paz en la provincia rebelde.

La situación en Guantánamo es diferente pero el arma de la huelga de hambre conduce a la misma trampa. Ahí se lanzó el movimiento a principios de febrero y luego se extendió a los 166 detenidos del campo, todos arrestados en el marco de la lucha antiterrorista a raíz de los atentados de 2001.

Según las autoridades del campo, el viernes 12 de abril, 43 prisioneros respondían al criterio oficial de huelga de hambre (rechazar nueve comidas sucesivas) y 13 de ellos estaban siendo alimentados por la fuerza, amarrados a un sillón, mediante la absorción de un líquido muy nutritivo por la nariz, para impedirles morir. Los abogados, empero, hablan de un movimiento mucho más amplio, que afecta de 100 a 130 detenidos.

El sábado al amanecer, con el fin de romper el movimiento, el ejército estadounidense invadió el Campo 6, que alberga a los detenidos menos peligrosos. Estos, que son la mayoría, no están inculpados y tienen el derecho de tener actividades comunes, deportivas, culturales y religiosas. Pero habían obstruido las cámaras de vigilancia con las cajas de cereales, impidiendo determinar quién estaba en huelga y quién no.

Pero el verdadero terror de la comandancia, explica Carol Rosenberg, periodista del Miami Herald, que ha tenido una excelente y constante cobertura de Guantánamo desde 2002, son "las huelgas de hambre invisibles": los que fingen comer para que los guardias no se den cuenta de que están a punto de morir.

Es por ello que los huelguistas cuya vida está en peligro son alimentados por la fuerza, aunque la Cruz Roja lo condene. Sin embargo, eso no resuelve el problema. El problema lo describió perfectamente el general John F. Kelly, comandante de la región sur, el 20 de marzo pasado ante una comisión del Congreso: los detenidos de Guantánamo están en vías de perder las esperanzas de salir de ahí algún día. Siete se han suicidado desde 2006. Barack Obama se comprometió en su primera campaña a cerrar la prisión "en menos de un año", o sea, antes del 22 de enero de 2009.

Pero sus buenas intenciones se perdieron en el laberinto de las querellas con el Congreso.

Thatcher hubiera podido satisfacer las demandas de los huelguistas de hambre de Long Kesh, pero no quiso. Barack Obama quisiera darles satisfacción a los de Guantánamo, pero no puede. Los dos dirigentes de grandes democracias, abanderados de la defensa de los derechos humanos y los valores universales. Pero en esos dos casos, ambos fracasaron.

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