Una serie de reuniones recientes con empresarios, intelectuales, funcionarios gubernamentales y dirigentes gremiales permite observar la interacción de tendencias de largo plazo con cambios poco perceptibles en el devenir cotidiano.
Lo que se presenta a continuación no pretende estar sustentado en una investigación cuantitativa, ni en una medición rigurosa de opinión pública. Es, a grandes rasgos, una visión de la forma como aparece la sociedad colombiana al finalizar el año 2010.
Una primera impresión es la de optimismo, quizá por el contraste con lo que ocurre en el mundo desarrollado o en algunas naciones latinoamericanas.
El optimismo responde en parte a factores económicos. La tasa de crecimiento, sin ser espectacular, es mayor a la esperada.
El país ha sorteado sin traumatismos el doble choque de la crisis financiera internacional y el cierre abrupto de las exportaciones a Venezuela.
Es notoria la conformación de un mercado interno de consumo masivo que se refleja en la proliferación de centros comerciales, las ventas de vehículos automotores y de bienes de consumo durable, así como el incremento del turismo internacional por parte de los colombianos.
La valorización que han tenido las empresas, la propiedad raíz, los valores bursátiles y la moneda nacional produce un efecto riqueza que se suma al efecto ingreso originado en la mejoría que experimentan los términos de intercambio internacional.
Otro factor de optimismo es la constatación de que tuvo lugar una transición ordenada y tranquila de un gobierno a otro sin que se hubiera afectado la confianza. Por el contrario, la demostración de que la transferencia de poder político se hace en conformidad con lo que establece el ordenamiento institucional de la nación, es una garantía de seriedad y de estabilidad jurídica que valoran tanto los inversionistas como los gobiernos cuya opinión cuenta para Colombia.
La actitud que se percibe respecto al cambio político es la de complacencia de que hubiera concluido el antiguo régimen y satisfacción con la forma como ha iniciado labores la actual administración.
Si bien el viraje en la postura gubernamental ha sido hecho con sutileza y sin estridencia, ha habido un desplazamiento desde la extrema derecha hacia el centro del espectro político. Es posible que algunos lamenten el hecho de que la Corte Constitucional haya frustrado el deseo del gobierno anterior de perpetuarse en el poder. Pero los integrantes del establecimiento no dan señales de compartir esa nostalgia.
Los anteriores factores coyunturales están siendo reforzados por cambios de más largo plazo, cuyos efectos contribuyen a facilitar la superación del subdesarrollo. Como consecuencia de una exitosa transición demográfica, mejora la relación entre la población en edad laboral y la población infantil, lo cual contribuye a elevar el ingreso por habitante y a reducir la pobreza.
La sociedad civil está dispuesta a tomar iniciativa. Las instituciones que caracterizan la democracia liberal gozan de gran prestigio entre la opinión pública culta.
Estas observaciones deben enmarcarse dentro del contexto de un país en proceso de desarrollo, en el cual subsisten serios problemas de desigualdad regional y de inequidad social. Los avances en extender la cobertura de los servicios de educación no han estado acompañados por aumentos significativos en la calidad de la misma.
El atraso en materia de infraestructura es protuberante. El excesivo proteccionismo arancelario ha impedido el surgimiento de un sector agroexportador competitivo, vigoroso y próspero. La defensa de los derechos de los consumidores es inadecuada.
Pero aun hechos los atenuantes correspondientes a éstas y otras deficiencias, Colombia parece estar encontrando un esquema de modernidad propio que reconcilia el progreso económico con las libertades democráticas y la justicia social.
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