Un día, de niño, sintió que Dios lo tenía vivo para cantar. Don Leandro Díaz nació en La Guajira, "tierra grata y honesta", y murió ayer en el Cesar a sus 85 años, víctima de una infección renal aguda, rodeado por su familia.
Esta corta distancia entre destinos no representa los kilómetros que han recorrido sus canciones por el mundo y que le han garantizado su lugar entre los más grandes en la historia del vallenato colombiano.
Nació ciego, pero con esos ojos que no vieron el mundo sintió cada detalle y compuso desde el corazón, imaginó lo hermoso y agradeció a su memoria. "Creo que Dios no me puso ojos en la cara porque se demoró poniéndome ojos en el alma", aseguró.
Como artista fue crítico de quienes veían en la música sólo una oportunidad financiera. El maestro, por el contrario, se esforzaba por conquistar la esencia de la misma: el valor narrativo de sus canciones. Contador de historias simples y cercanas, de esas comunes y que llegan al alma, se declaró un hombre de historia y tradición.
Quizás lo que duele de esta despedida es que en estos tiempos complejos y de conflicto escasean juglares de bellas melodías y de historias sencillas al amor, a los amigos y a la tierra.
Esos ojos ahora sí están cerrados para siempre, pero quedan composiciones como Matilde Lina, de la que sus admiradores repetirán como un homenaje eterno: "Canción del alma, canción querida, que para mi fue sublime".
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