El quiebre entre Brooklyn Beckham y sus padres no solo ha sido leído como un nuevo episodio de conflicto familiar expuesto en redes sociales, sino también como una tensión propia de una etapa vital clave: la transición definitiva hacia la adultez. Desde la psicología, este tipo de rupturas suelen aparecer cuando el hijo consolida una nueva familia y redefine sus lealtades emocionales, un proceso que no siempre es fácil para quienes ocupaban el centro afectivo.
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Para la psicóloga clínica Ana Teresa Miranda Lara, la situación que atraviesa el primogénito de los Beckham responde a una dinámica ampliamente documentada. “La tensión pública entre Brooklyn Beckham, sus padres y su esposa puede leerse como un proceso clásico de reorganización de lealtades en la adultez temprana. Brooklyn se encuentra en la etapa vital de consolidar una identidad propia y un nuevo sistema familiar, lo que implica desplazar parcialmente el eje emocional que antes ocupaban sus padres”, explica.
Este tipo de escenarios, añade la especialista, suele reforzar el cierre de la pareja frente al entorno familiar. “La pareja, por su parte, tiende a cerrarse en una alianza defensiva, reforzando la distancia con la familia de origen”, afirma, y aclara que estos conflictos no deben interpretarse de forma simplista: “Este tipo de conflicto no habla necesariamente de maldad, sino de duelos no elaborados, límites difusos y dificultades para aceptar que amar a un hijo adulto implica permitirle elegir, incluso cuando eso reconfigura profundamente el rol parental”.
Desde una lectura más profunda, la psicóloga plantea que también puede activarse un conflicto simbólico no resuelto. “Incluso puede pensarse en la activación de un residuo edípico no resuelto: no en el sentido literal del complejo, sino simbólicamente, como la dificultad de la madre para soltar el lugar privilegiado que ocupaba en la vida emocional del hijo”, señala. Cuando esa transformación no ocurre, advierte, “la pareja del hijo puede ser vista como una intrusa en un territorio afectivo que antes era exclusivo”.
En ese punto, el conflicto deja de ser solo personal y se vuelve estructural. “La rivalidad no es consciente, pero se expresa en microtensiones, críticas veladas o intentos de recuperar centralidad”, explica Miranda Lara. El hijo, atrapado entre dos vínculos primarios, suele optar por el distanciamiento: “El hijo, atrapado entre dos vínculos primarios, suele responder con alejamiento para preservar la nueva alianza amorosa”. Así, concluye, la ruptura marca “el pasaje incompleto entre ser ‘hijo de’ y convertirse plenamente en ‘hombre de’, un tránsito que exige tanto al hijo como a la madre elaborar una separación real para alcanzar una vivencia desde la autenticidad y resignificación”.