La misión: lograr las mejores fotos de Color Run y salir intacto. El enemigo: 10 mil corredores. La estrategia: tomar una foto a la vez y huir del “campo de batalla”.
Esa mañana de 2013 preparé mi equipo fotográfico para buscar el ángulo perfecto y contar a través de fotos la alegría de quienes corrían los 10 km pintados de mil colores. Iba dispuesto a todo menos a dejarme colorear de los corredores y, por supuesto, tomé todas las precauciones para evitar el bombardeo. Usaba un lente teleobjetivo para no estar cerca del enemigo y poco a poco me di cuenta que las fotos no eran buenas estando tan lejos.
No tuve más remedio que entrar al campo enemigo, me acerqué y con cautela disparé. Lo había logrado, una excelente foto de la carrera y seguía monocromático. Seguí disparando y cada vez las fotos eran mejores. Pasaron algunos minutos y ya me sentía confiado, era una misión cumplida. Fue entonces, cuando ya me disponía a salir de allí, que sentí en mi cabeza el peso de un polvo que me recorría completo, sólo vi una mancha azul y entonces entendí que no había forma de escapar. Lo demás fue una lluvia de colores que sólo después de cuatro duchas me pude quitar.