Antes de llegar a Medellín e ingresar a la Villa Deportiva, a donde solo llegan los mejores, a la reina de la velocidad en Colombia le tocó vivir en un barrio de invasión de su natal Turbo, en donde, en una sola pieza compartía sanitario, cocina y cama.
Hoy, años después, y gracias a su demostración de talento, la vida le empezó a cambiar. Por eso no hay un ser más feliz y orgulloso de su hija que Matilde Rivera. Habla maravillas de ella y la pone de ejemplo de superación, pues la vida no ha sido fácil para la campeona de los 100 y 200 metros planos del atletismo en Colombia, Evelyn Rivera.
Esta morena, que ha vivido en medio de la pobreza y habitó varios meses en San Martín, un barrio de invasión en Turbo, descrestó por su velocidad en las pruebas callejeras que corrió, y después en los Juegos Departamentales de la mano de Jámer Ochoa (fallecido), quien fue su primer técnico.
Su talento estaba a la vista y por eso, muy pronto, llegó a Medellín como una inquilina más de la Villa Deportiva, a la que arriban las futuras estrellas del deporte antioqueño.
De su pasado poco habla, solo recuerda que corría descalza, que caminaba en medio del barro porque las calles eran destapadas y que su recorrido diario lo hacía en medio de ranchos de tabla y cartón, en los que sobresalía la ropa colgadas sobre lazos. Allí no abundaba la comida y mucho menos los lujos. Todo era limitado, como registran las imágenes.
Entre estas carencias se forjó una potencial deportista que, siendo menor, les ganó a las mayores y fue una de las grandes figuras de Antioquia en los pasados Juegos Nacionales al conseguir tres medallas de oro y una de plata.
“Yo quiero salir adelante y ayudarle a mi familia, a mi mamá y a mis tres hermanos”, dice Evelyn sobre los sueños trazados. Su gran ilusión es “pisar una casita”, con el dinero ganado en los Juegos. Quiere pasar de un arriendo en el barrio París, en Bello, donde hace un año vive su mamá, por algo que en el futuro sea de ellos.
No desconoce que en su paso como atleta el que la perfeccionó fue Javier Bonilla en San Juan de Urabá, pero quien la ha pulido y formado en ese camino hacia la gloria es Raúl Díaz.
“Es una atleta obediente, que tiene claros sus propósitos. Es de gran arrojo, no tiene miedo para competir y le gustan los desafíos”. Así la define Díaz.
Evelyn y Raúl se trazaron algo que sonaba a utopía, pero que cumplieron a viento y marea: ganar en Juegos Nacionales los 100 y 200 metros.
“Construimos la utopía, porque lo hablamos en enero. Hay que aclarar que no pensábamos en esta palabra como un imposible, sino en algo que no se había logrado. Y ella cumplió porque se mentalizó para conseguirlo. Esa fue su gran virtud, trabajar primero mentalmente que sí podía y después apareció lo físico, lo técnico”, manifiesta Díaz.
Sus retos no paran
Evelyn comenzó a correr a los 12 años. Adelanta el décimo grado en el colegio Santa Rosa de Lima. Se considera una gran estudiante y tiene otro sueño: ser campeona mundial en 2016.
“Me voy a preparar mental y físicamente para ganar el Mundial juvenil”, expresa con seguridad. El torneo no se sabe si es o no en Rusia, que estaba designado para hacerlo a mediados de año. “Pero cuando sea y dónde sea, voy a llegar con la mejor preparación”.
Sus momentos de ocio los utiliza para estar con sus amigas y para darle a un balón cada que puede porque le gusta jugar fútbol. Lo otro que no quiere perderse son las fiestas decembrinas en su pueblo. Ya estuvo en Carepa y también en Apartadó, donde la premiaron como una de las grandes deportistas de Urabá. Ahora apunta a que la elijan como la mejor del país. Eso sí, recordando que la primera que le dijo que tenía talento para el atletismo fue su mamá. ¡Y qué talento!.
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