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“No existe nada semejante a la Iglesia Católica. Es una cosa rarísima”: Javier Cercas

Invitado al Hay Festival de Medellín, Javier Cercas conversó con EL COLOMBIANO sobre su viaje con Francisco al otro extremo del mundo.

  • Considerado por la crítica uno de los novelistas españoles de mayor proyección internacional, Cercas estuvo en Medellín. FOTO cortesía Hay festival
    Considerado por la crítica uno de los novelistas españoles de mayor proyección internacional, Cercas estuvo en Medellín. FOTO cortesía Hay festival
hace 2 horas
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Entre risas, el novelista en español –ojo con la diferencia– Javier Cercas recuerda que la primera vez que escuchó hablar del Covid-19 estaba en Medellín, haciendo las veces de jurado de un concurso literario. A los pocos meses de esa charla, el mundo entero conoció la rudeza del virus de Wuhan. Miembro de la Real Academia Española de la Lengua y autor de varios libros superventas, Cercas habla con propiedad de la literatura escrita por colombianos, que considera suya, como también lo son las escritas por peruanos, chilenos, argentinos y todas las escritas por hablantes del español.

Invitado al Hay Festival de Medellín, Cercas es el autor de uno de los libros más vendidos en Colombia durante 2025. El loco de Dios en el fin del mundo –el relato sobre su viaje a Mongolia en la comitiva de Francisco– entró en la lista de los títulos de no ficción más buscados por los colombianos en las librerías y las plataformas. Cercas conoce muy bien el éxito editorial. Sus libros Soldados de Salamina y Anatomía de un instante han recibido la aprobación del público y de la crítica. EL COLOMBIANO conversó con él sobre su forma de transformar la realidad en literatura y sobre el misterio que implica la creencia religiosa.

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Antes de comenzar a grabar nos hablaste de tu experiencia en Medellín, incluso corriendo por la ciudad...

“Sí, hasta me he caído...”

Ojalá no haya sido grave...

“No, no lo ha sido. He sobrevivido. Fíjate, hace diez años salir a correr por la mañana en Medellín no era muy aconsejable. Hoy he ido a correr con toda tranquilidad. Por cierto, había un montón de gente corriendo. Sentí una atmósfera de ciudad europea. Eso es increíble”.

Existe la idea de que los antioqueños vienen de los judíos...

“No sabía. A mí siempre mis amigos colombianos, que tengo muchos me dicen: ‘Lo que más disfrutamos de las ciudades europeas es salir por la noche sin miedo’. He tenido hoy una sensación de mucha tranquilidad. Es verdad que estamos en un barrio, quizá de los más tranquilos. Pero eso es maravilloso. Para mí siempre es un placer venir a Colombia. Y me alegro mucho que el Hay Festival esté cambiando la fisionomía de la sociedad literaria en español, no de la literatura en español”.

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¿Los autores circulan más?

“Claro. El Hay nos ha vuelto mucho más unidos. Y eso es muy importante porque la literatura en español es una. Esto lo he dicho antes, y la gente creía que bromeaba, pero siempre lo he dicho en serio: no soy un escritor español, soy un escritor en español. Es decir, mi tradición es la tradición de Quevedo y de Cervantes, pero es también la tradición de García Márquez y la tradición de Vargas Llosa y la tradición de mi amigo Héctor Abad. Esa sensación de que pertenecemos a una misma literatura es hoy más intensa”.

En América Latina se cree que para que un escritor colombiano sea leído, por ejemplo, en Chile o en Perú, primero debe ser leído en España...

“Creo que eso lentamente está cambiando. Bueno, en España es donde están las grandes editoriales que tienen capacidad de llegar a todo el ámbito de la lengua. Esto es un hecho todavía. Esas editoriales están haciendo esfuerzos porque los buenos escritores –o los que ellos consideran los buenos escritores, que casi siempre o muy a menudo son los buenos escritores– lleguen a todo el ámbito de la lengua. Es decir, que un escritor colombiano se lea en México, igual que en Bolivia o en Argentina, Las literaturas nacionales son un invento del siglo XIX. La literatura nacional no existe, es un invento nacionalista. Existe la literatura en una lengua española. García Márquez me pertenece a mí tanto como a vosotros, porque soy un hablante del español.

Obviamente, vosotros lo leéis de una manera distinta, porque tenéis claves distintas, pero eso forma parte del juego”.

Seguramente, ya lo sabes, Javier, pero tu libro, El loco Dios en el fin del mundo, fue uno de los más leídos en Colombia en el 2025...

“Ah, me alegro mucho. Sabía que aquí se había leído mucho. No sabía que había sido uno de los más leídos”.

Desde hace mucho tiempo hablas de los relatos reales, que son textos sobre la realidad escritos con las herramientas de la literatura. Algo parecido al Nuevo Periodismo gringo...

“Yo creo que es lo contrario de lo que hace el Nuevo Periodismo. Algún día tendría que reflexionar sobre el asunto. Lo que hizo el Nuevo Periodismo en los años 60 es interesante, pero, para mí, nunca fue extraordinario ni fue algo decisivo literariamente. Se trató de usar las herramientas de la literatura para contar la realidad, con más o menos trampas.

Por ejemplo, A sangre fría es un libro lleno de trampas. Esa es la idea: usar los instrumentos de la literatura, de la novela para contar la realidad. En mi caso, eso no tiene absolutamente nada que ver. Yo llego ahí por motivos estrictamente personales y desde una perspectiva opuesta a la del Nuevo Periodismo. Parto de la novela, no del periodismo. Yo no soy periodista. Cuando me dan premios de periodismo siempre digo: ‘Soy un impostor’. Y la gente dice: ‘Oh, qué qué humilde’. No soy humilde. Estoy diciendo la verdad.

Entonces, yo parto de una visión de la novela que es esencialmente la de Cervantes. Cervantes, que es el escritor del que yo más he aprendido y más aprendo cada día, creó un artefacto literario que es un banquete, hay de todo.

Ese artefacto es una especie de monstruo omnívoro que va devorando todos los géneros. Devoró la historia con Balzac, la poesía con Flaubert, el ensayo con los grandes novelistas de principios del siglo XX. Entonces, ¿por qué no iba a devorar el relato de la realidad?”.

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Y te encontraste con Francisco, un personaje distinto, o que uno percibía distinto...

“A mí lo que me interesa es la gente que es distinta de lo que yo soy. Incluso literariamente. Cuando alguien me dice: ‘Te voy a dar un libro de un tipo que sigue tu línea’, pienso que me va a interesar poco. Me interesa más una persona que es completamente distinta a mí. Me atrae es lo distinto de mí.

Entonces, mira, cuando me propusieron escribir este libro, cuando me dieron la oportunidad de entrar en el Vaticano, no lo dudé ni un segundo. Hay gente que me ha preguntado por qué un ateo anticlerical como yo escribió un libro sobre la Iglesia. Precisamente por eso había que hacerlo. Si por vez primera el Vaticano abre las puertas de par en par a un escritor para preguntar lo que quiera, hablar con quien quiera, ¿cómo iba a rechazarlo? Es una locura rechazar eso.

No existe nada semejante a la Iglesia Católica. Es una cosa rarísima, en cuyo centro está la idea de la resurrección de la carne. Yo no conozco nada parecido. Entonces, yo he entrado ahí con una inmensa curiosidad”.

Esa apertura habla mucho de Francisco. Wim Wenders hizo un documental sobre él. Vos escribiste este libro. Además, Francisco era un aficionado a la literatura. Incluso redactó un documento pontificio en el que los curas se formen leyendo literatura...

“Él fue profesor de literatura. Y fue más amigo de Borges de lo que creemos. Francisco tenía una visión literaria del mundo. Francisco es inexplicable sin Dostoyevski, por ejemplo. Es el escritor más importante para él, sin la menor duda. Y eso dice mucho de él”.

El origen de ese libro es la relación de tu mamá con la religión...

“Eso es lo más importante del libro, sin eso no existiría este libro. Es decir, cuando me hicieron esta propuesta en Turín en mayo de 2023, lo primero que pienso es mi madre. Ella fue una mujer profundamente creyente. De hecho, en algún momento del libro digo que comparada con la de mi madre, la fe del Papa Francisco era más dubitativa.

Cuando mi padre murió, ella me dijo que iba a verlo después de la muerte. Y esto no lo decía porque fuese una idea suya particular, una excentricidad que a ella se lo hubiese ocurrido, sino porque eso es exactamente el corazón del cristianismo. Ni más ni menos. San Pablo, que en cierto modo se inventó el cristianismo, dijo: ‘Nosotros resucitaremos porque Cristo resucitó y si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe’.

Este libro trata de un loco sin Dios, yo, un tipo como la inmensa mayoría de nosotros, los occidentales, que ha perdido la fe. Ese loco sin Dios se va a buscar al Loco de Dios, que es Francisco.

Francisco es el primer Papa que tomó el nombre de Francisco de Asís. El loco sin Dios va al fin del mundo para preguntar al loco de Dios si mi madre iba a ver a mi padre después de la muerte.

Yo siempre intento que cada libro sea totalmente distinto de los anteriores, pero al final siempre es un libro mío. No me puedo escapar de mí mismo”.

Después de ir al fin del mundo con Francisco, ¿qué viene en tu carrera?

“Pues ya estoy haciendo lo sea que estoy haciendo. Es una cosa muy complicada. Cada vez escribo libros más complicados. Creo que ponértelo fácil es hacer trampas. Yo intento ponérmelo cada vez más difícil. Este nuevo libro lo tengo en la cabeza hace mucho tiempo.

Solo sabré lo que quiere decir cuando ya lo haya dicho. Escribo para saber qué es lo que quiero decir. No te voy a contar el tema...”

No nos darás la chiva (risas)...

“Quítate eso de la cabeza. Bueno, es un asunto complicado, muy complicado. Y no sé si saldré adelante con él. ¿Sabes? Faulkner dijo que los escritores a lo máximo que podemos aspirar es a un fracaso honorable. Es bonito. Una vez García Márquez me dijo una cosa muy bonita que demostraba, por si hacía falta, que era un escritor auténtico, de verdad. Estábamos en Cartagena, él vino al Hotel Santa Clara, rodeado de una especie de corte. Me tomó de la mano. Estuvimos mucho rato tomados de la mano. Yo pensaba: ‘¿Qué hago yo aquí con García Márquez?’. Venía gente a verle, era como estar con el Papa. Señoras le traían a su bebé para que le diera un beso en la frente, era muy bonito.

De vez en cuando me decía cosas, mientras yo bebía whisky. En un momento, me dijo: ‘Javier, ya no voy a publicar ninguna novela’. Le dije: ‘Lo siento. ¿Y por qué?’ Me dijo, ‘Mira, Javier, yo puedo engañar, yo ya soy viejo y puedo engañar a todo el mundo. Puedo escribir libros, que la gente los lea. Y que me digan que están muy bien. Pero no puedo engañarme a mí mismo. Los libros tienen que salir de las tripas’.

García Márquez hubiese podido escribir cinco Cien años de soledad, porque ya sabía cómo se escribía Cien años de soledad. Y no lo hizo. Un escritor serio nunca hace lo que hacen los malos escritores, que es encontrar una fórmula y repetirla, incansablemente”.

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