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La niña que cree ser Dios: así es Amélie y los secretos de la lluvia, película animada nominada a los Premios Óscar 2026

La cinta ya está disponible en salas de cine colombianas y en Antioquia podrá verse este fin de semana en el Festival de Animación Comfama en El Retiro. EL COLOMBIANO conversó con Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, sus directores.

  • La metafísica de los tubos es el libro en el que está basado esta película. FOTO: Ikki Films
    La metafísica de los tubos es el libro en el que está basado esta película. FOTO: Ikki Films
13 de marzo de 2026
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En el 2000, la escritora belga Amélie Nothomb escribió la historia de una niña de tres años que se creía Dios. No por ego ni por pertenecer a no sé qué familia, sino por lógica. En esa primera etapa de la existencia, uno es el centro del mundo, incluso sin querer serlo. Como reflexionó la autora, a Dios ni siquiera le importaba ser Dios, por lo que es más conveniente pensar que Dios es un tubo que no retenía nada: solo digería, atravesaba y volvía a salir.

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Esa es la premisa de La metafísica de los tubos, el libro que adaptaron los animadores Maïlys Vallade y Liane-Cho Han en la película Amélie y los secretos de la lluvia, la cual está nominada en la categoría de Mejor película animada de los Premios Óscar 2026. Esta mención la comparten con la mexicana Nidia Santiago, la dueña de la productora Ikki Films, la cual también está detrás del proyecto.

En la cinta de 77 minutos, Amélie, una niña de tres años, nace en el seno de una familia belga que vive en Japón y, en silencio y sin gesto alguno, se dedica a observar a sus padres y hermanos, así como al mundo que la rodea. Es en su tercer cumpleaños cuando todo cambia: llega el movimiento cuando la pequeña consigue eso que en la misma película llaman “tener una mirada”, lo que finalmente le da vida al ser humano.

Pero esa característica no basta, porque para Amélie el sentido aparece con el placer, que descubre cuando su abuela le regala un trozo de chocolate blanco; luego llega la palabra y, entonces sí, el mundo entero.

Vallade y Han le contaron a EL COLOMBIANO que todo empezó hace más de cinco años, cuando ambos hacían parte del equipo de producción de Calamity, película de animación dirigida por Rémi Chayé –cuyo trabajo sirvió de inspiración para esta cinta–. En ese momento, Han le propuso a Maïlys hacer algo con ese libro que había conocido a los 19 años y que lo había cautivado por ese “concepto loco” de una niña que cree que es Dios.

“Sentí que allí había una película animada maravillosa. ¿Y por qué animación? Porque una de las primeras ideas ‘ingenuas’ que tuve en ese entonces fue que, en lugar de caminar sobre el agua, como cuenta el libro que sucede en una escena de la playa, como Jesús, ella debería abrir el mar en dos, como Moisés. Esa fue la fuerza impulsora para adaptarla en animación”, explica Han.

Pero el proyecto cobró aún más sentido cuando cada uno formó una familia y tuvo hijos. Entonces se dio cuenta “de que, como mi bebé era muy difícil, no es solo Amélie quien cree que es Dios; en realidad, cada niño cree que lo es. Pasan por esa transición de creer que son el centro del universo hasta que descubren que no lo son, sino que hacen parte de él”.

Por eso tomaron la decisión de apostar narrativamente por una historia contada con la voz de la niña, que, a medida que avanza el relato, demuestra que la ingenuidad inherente a la infancia no es, en absoluto, sinónimo de una inteligencia menor. Eso también se refleja en la animación, en la que, por medio de las formas y los colores, puede verse cómo Amélie va descubriendo el mundo: cuando nace, su mirada es borrosa y los tonos son tenues; pero cuando sale de su casa los planos están saturados, como quien mira directamente al sol por primera vez.

“Hay muchos elementos simbólicos y temáticas importantes sobre preguntas existenciales. Queríamos construir juntos una historia universal sobre cómo comienza la vida, cómo entendemos las cosas difíciles y los traumas”, cuenta Vallade. Sobre ese último asunto, los traumas, en la película es crucial la relación entre Amélie y Nishio-san, su niñera, quien perdió a toda su familia en la guerra, y es a través de ese vínculo que la protagonista conoce la muerte y el duelo según la cosmogonía japonesa.

Los directores aseguran que uno de sus objetivos era hablar de la empatía y de la aceptación “bajo la percepción infantil para entregar un mensaje universal”, todo gracias a la magia que existe en la animación que, como dice Han, permite ir más allá de las leyes de la física, por ejemplo, al colocar la cámara donde se les ocurriera.

“Hay una conexión directa desde la imagen en nuestra cabeza, pasando por nuestras manos que dibujan, hasta la pantalla. Esa es la magia. A veces la gente piensa que, como no son personas reales, hay una distancia entre el público y el personaje. Nosotros no creemos eso. Al contrario, creo que las formas abstractas pueden crear una conexión incluso más fuerte. Muchos que han visto la película nos han dicho: ‘Olvidamos que estábamos viendo animación, sentimos que estábamos viendo algo real’. Y piénsalo: ¿te imaginas lo difícil que sería contratar a una actriz de tres años que pudiera actuar tan bien como el personaje de Amélie en nuestra película? Sería casi imposible. Eso es lo que la magia de la animación puede lograr: crear todas esas emociones a través de personajes imaginarios”, concluye Han.

Siga leyendo: Guía para no perderse lo mejor del Festival de Animación en El Retiro: hay tres nominadas al Óscar

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