El coronavirus logró lo que ni la guerrilla ni los paramilitares pudieron en varias décadas: que Ramiro López se quedara encerrado en su casa en el corregimiento El Doce, de Tarazá. Él, campesino, nació hace 61 años en Córdoba y apenas aprendió a negociar decidió que quería andar el mundo. La travesía le duró hasta que, hace 31 años, conoció el amor en los ojos de una muchacha morena que vivía a orillas del río Cauca: se casaron y tuvieron hijos, compraron una casa cerca del río y “echaron raíces”, como dice él.
Pero Ramiro no nació para quedarse quieto. Por eso escogió una parcela al otro lado del río para sembrar, así podía seguir caminando y sintiéndose aventurero, sin tener que alejarse del amor y de la familia que había formado.
En marzo el mundo que conocía cambió. La música de las cantinas vecinas se silenció, ya no por las balas y la sangre sino por un decreto de cuarentena expedido en Bogotá y anunciado por televisión; y la fuerza pública que antes solo venía a llevarse a los muertos o hacer capturas, instaló puntos de control permanente en el puente que a diario cruza. Sus nietos dejaron de salir a jugar, sus hijos no pudieron volver a visitarlo y la cédula, que antes usaba solo para ir al médico o salir a votar cada cuatro años, se volvió su compañera inseparable.
“Aquí hemos vivido cosas duras. La zozobra por Hidroituango hace dos años fue muy brava, las masacres el año pasado nos asustaron mucho. Pero nunca, nunca, había visto el corregimiento solo”, dice por teléfono mientras recibe el sol en una mecedora. Eso y las salidas a la parcela son los únicos hábitos que le quedan. A las 5:00 p.m. todo el pueblo se tiene que encerrar.
A 200 kilómetros de Ramiro, en Ituango, el profesor Juan Carlos Posada también habla de esa sensación de soledad, a pesar de que nadie se ha ido del pueblo en el que nació. Él, acostumbrado a los salones abarrotados de niños, ahora dedica sus días a responder por whatsapp las dudas que alumnos y padres tienen sobre los talleres que cada semana les envía el colegio.
La situación es dura, dice, porque apenas el 20 % de las casas en el pueblo tiene internet y en el campo el panorama es más crítico. Además muchos de los padres no completaron sus estudios y por eso, aunque quieren, no pueden ayudarle a sus hijos con las tareas.
“Aquí estábamos acostumbrados a la calidez, a la cercanía. Hoy no se puede y es difícil. El comercio está muy golpeado. Muchos locales cerraron y entregaron llaves porque los arriendos son caros. Y hay restaurantes que abrieron pero solo para domicilios. El problema es que la gente en la casa prefiere cocinar”, dice con un tono firme que se debilita cuando habla de la obra vecina, Hidroituango, donde hay un foco de contagio con 178 casos activos.
El temor de que el virus salga de las fronteras de los campamentos de la hidroeléctrica es hoy la preocupación del pueblo, reconoce.
A 323 kilómetros, en Jardín, José Pérez dice que el cambio solo lo siente los fines de semana: de lunes a viernes sigue viviendo entre plantaciones frutales, pero los fines de semana no puede tomar un chivero, ir hasta el pueblo y sentarse a tomar un café en el parque.
Su vida ha cambiado como la de Juan Carlos y Ramiro, aunque a su pueblo ni siquiera ha llegado el virus.
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